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Ramadán a la egipcia

In Cairotades on 30/08/2011 at 4:04 pm

Afronto la recta final del ramadán con sentimiento de culpabilidad. Me he portado fatal: durante un mes he vivido de día y he dormido de noche. Llegué tarde al único iftar (comida para romper el ayuno) al que asistí. El que hice en mi casa comenzó a las 9 de la noche (deberían empezar a las 6.30) y no sólo faltaron los tradicionales dátiles sino que abundó el cerdo y corrió el alcohol a borbotones.

El domingo conseguí vencer la pereza que me daba no dormir y decidí vivir la última noche del ramadán a la egipcia.

16:00 h: Mustafa y Hannan, mis profesores de árabe en España, que se encuentran de vacaciones en Egipto, me invitan al iftar en su casa. Cuando ya he aceptado me doy cuenta de que llevo todo el día comiendo (y no precisamente poco) y otra cosa no, pero en el iftar hay que comer.

17.30 h: Mierda. Me he dormido y llego tarde. Si algo NO se puede hacer es llegar tarde al iftar, los anfitriones llevan todo el día sin comer ni beber nada. Hacerles esperar es descortés y este ramadán ya me han reñido una vez por tardona. En un tiempo récord consigo lavarme la cara, vestirme, comprar halauiyat (dulces árabes) y correr hacia el metro.

18.30 h: En casa de Hannan y Mustafa rompemos el ayuno como manda la tradición; comiendo exactamente tres dátiles. Luego atacamos la sopa de ‘lenguas de pájaro’ (un tipo de pasta de forma similar a los piñones), el arroz con molojeya, las fesulia con salsa roja Luego llegan la tertulia, el te y los halauiyat, los dulces árabes.

21.30 h: Corro hacia casa. Cojo la camarita de Efe y vuelvo a salir. Voy a Giza, donde me espera Ali, mi amigo egipcio que en las últimas semanas se ha convertido también en mi fixer. Como buen fixer, Ali me ha buscado un contacto para la entrevista que necesito hacer y, además, me ha encontrado un chófer. Así que Ali, el chófer (un amigo suyo), yo y el coche con más parches en la carrocería que he visto nunca nos adentramos en Giza.

23.30 h: El entrevistado no ha llegado. La última vez que hemos hablado con él nos ha asegurado que tardaría una hora. Ali asegura que la hora es en egyptian time. Es decir, entre una hora y tres días reales.

00.30 h: Llega el entrevistado y procedemos. Hacemos la entrevista en plena calle y con todo el barrio de público. Los egipcios son el pueblo más cotilla de la capa de la tierra.

02.00 h: Con el grupillo de amigos nos dirigimos al barrio popular de Saida Zeinab, habitado durante siglos por cairotas de clase humilde. Las calles están a reventar de gente. Familias enteras, parejas y grupos de amigos comen y beben en los cafés y los restaurantes callejeros del barrio. Nosotros nos sentamos en el epicentro del barullo: el restaurante Gahsh.

La tropa se dispone a hacer los honores de un suhur (primera comida antes del ayuno) a la egipcia, con centenares de platillos de los que todo el mundo come con las manos. La camarita y yo recorremos las calles de Saida Zeinab. Por primera vez desde que estoy en Egipto reúno el valor para sentarme con desconocidos en los cafés baladí –donde sólo van hombres- y charlar con ellos en mi árabe cutre.

Revalido mi adoración hacia este pueblo desinteresado y hospitalario por naturaleza. Como siempre aquí, a pesar de que mi intención era hacer muchas entrevistas cortas para un tema sobre la noche cairota en ramadán, termino cediendo ante la lógica egipcia. En realidad, no tengo más opción. Mesa a mesa, todos me obligan a sentarme y a tomar un te con ellos. Y sin rechistar. Al cuarto te mi vejiga y yo decidimos que ya tenemos material suficiente y nos retiramos ante las miradas divertidas de los parroquianos. A estas horas nos conoce todo el mundo.

03.30 h: Emprendemos la retirada mientras suena en el aire la primera oración del día, la que marca el principio del ayuno. En las calles, la gente se apresura para regresar a sus casas y arañar algunas horas de sueño antes volver al trabajo.

04.00 h: Me meto en la cama.

07.45 h: Me despierto destrozada pero  consciente de que tengo clase de árabe a las 9 y no he hecho los deberes. Mientras me doy una ducha caigo en la cuenta de que en realidad mi clase de árabe es mañana. Solía ser los lunes pero me la cambiaron a los martes. Mi cerebro parece no haberlo entendido y hace tres semanas que cada lunes me planto puntualmente en la escuela con los deberes sin hacer. Hay cosas que nunca cambian.

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Lecciones veraniegas (II)

In Cairotades on 25/08/2011 at 3:16 pm

La segunda parte de mis viajes veraniegos ha sido, si cabe, más aventuresca todavía. En un arranque de locura y apartando la vista de los números de la cuenta corriente, que viaje a viaje descendían sin piedad, un puñado de pirados con muchas ganas de conocer mundo decidimos marcharnos a Etiopía.

Allí pude aplicar las tres lecciones que ya había aprendido en Israel y Palestina y, además, aprendí:

  • A recibir con igual estoicismo bofetones y caricias.
  • Que nunca viviría en Adis Abeba porque, a pesar de ser más verde, más limpia y más tolerante hacia las mujeres, no tiene la fuerza salvaje de El Cairo.
  • Que, a no ser que sea para trabajar, nunca volveré a un país donde niños con el estómago hinchado alarguen la mano y te miren con ojos de pena. Porque se me parte el corazón y porque estoy convencida que la mejor forma que tengo de ayudarles es contar su historia.
  • Que la foto que nunca llegas a disparar es tanto o más importante que todas las que sí has sacado.
  • Que cuando se sienten amenazadas, las cebras se juntan entre ellas para confundir al depredador.

Etiopía ya era uno de mis países favoritos de África antes de visitarlo porque de pequeña me encantaban las historias victorianas de exploradores que iban en busca de las fuentes del Nilo (la fuente del Nilo Azul se encuentra en el lago Tana) y porque allí está ambientada una de mis Novelas (así, con mayúsculas) favoritas: Hijos del ancho mundo, de Abraham Verghese. Un gran doctor y un hombre entrañable, por cierto.

El personaje de Haile Selassie, uno de los últimos grandes emperadores de la modernidad e ídolo del movimiento rastafari, me fascinó desde que leí por primera vez sobre él en un libro de Ryszard Kapuscinski y las atrocidades que cometió el dictador comunista Mengistu Haile Mariam, a quienes los etíopes llamaban ‘el terror rojo’, me helaron la sangre.

Etiopía, ese país africano que lleva todas las leyendas entrelazadas en su nombre, nos dio una buena tunda. El país nos sumió en un estado de aturdimiento permanente consecuencia de las contínuas caricias -en forma de instantes dulcísimos- y los contundentes bofetones en forma de momentos de una crudeza extrema pero también de escenas fascinantes que hicieron tambalear nuestros cimientos de blanquitos criados en Europa.

En plena temporada de lluvias, Etiopía es verde y frondosa, su tierra es descaradamente rica y sus gentes tan amables que, a su lado, hasta los egipcios (hasta ahora en la cabeza de mi ranking de gente buena por naturaleza) parecen groseros.

Darse cuenta in situ de que en Etiopía hay cristianos desde mucho antes de que los hubiera en España. Sus curas son negros como tizones, rezan en iglesias de piedra excavada en la roca y los lamentos de los fieles, que envueltos en paños blancos parecen almitas sin brazos, rezando descalzos entre la niebla suenan tan antiguos como sobrecogedores.

Caer en cuenta que Etiopía fue durante siglos un gran imperio. Abarcaba el país actual, Somalia, Eritrea, Djibuti y el sur de Sudán. Comerciaba con oro, marfil y mirra y el poder de sus reyes –cristianos y negros- era conocido y respetado en las cortes europeas.

Mientras en Europa los nobles decidieron dejar de ducharse (total, para qué?), en Etiopía los descendientes del rey Fasiledes construyeron castillos medievales en toda regla: torreones de piedra, escaleras de caracol, salas de baile, salas del trono y unos baños termales con piscina fría, caliente, tibia y de vapor que ya le gustaría al Safir de Dokki.

Cruzar el lago Tana con una lancha motora para ver por primera vez las orejillas traviesas de una cría de hipopótamo y comer plátanos enanos de carne tan compacta que era anaranjada.

Ya en el sur, sentir repugnancia hacia el gesto automático de niños y adultos, que extienden la mano con la palma vacía hacia arriba en un gesto que explica todas las cosas que la gente de mi color de piel ha hecho mal en este país.

Contemplar el amanecer ante el parque natural de Nechisar con el lago rojo Abaya a un lado y el lago azul Chamo al otro.

Ver cómo en las tribus del sur son las mujeres quienes cargan litros y litros de agua para todo el día, quienes cocinan, cuidan de los niños, aguantan palizas y abusos y quienes andan varios kilómetros para ir al mercado a vender el grano mientras sus hombres caminan ligeros y sonrientes vestidos en flamantes taparrabos y gastan alegremente el dinero ganado por sus múltiples esposas en licor de miel.

El calor en los ojos de una niña que quiso ser nuestra amiga, nuestra guía y nuestra traductora en las cataratas del Nilo Azul. Tiene la sonrisa brillante y el gesto vivo y un sueño: pilotar aviones.

Visitar una aldea de la tribu de los mursi para descubrir que el turismo masivo y el dinero fácil ha convertido a esta tribu de nómadas en una panda de mendigos sucios y borrachos que bailan al son del tintineo de un puñado de sucios birrs.

Volver a El Cairo, entrar en casa por primera vez en veinte días, encender la luz y que haya electricidad, abrir el grifo y que salga agua, meterme en la cama y saber que no habrá pulgas, garrapatas, mosquitos, arañas ni otros bichos. Cerrar los ojos y ver tras la retina los colores intensísimos del parque del Mago y sentir como, poco a poco, Etiopía se va tiñendo de una pátina de sueño dulce.