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Lecciones veraniegas (I)

In Cairotades on 21/08/2011 at 10:59 am

Este verano he aprendido tres cosas. Tengo la sensación que valen tanto para la vida como para el periodismo, pero como no me gusta ponerme en plan abuelita cebolleta con estos temas, que cada uno juzgue lo que quiera.

  • La primera, que con diez segundos en un sitio se entiende mejor la realidad que leyendo doscientos libros.
  • La segunda, que las realidades se entienden tanto por lo que son como por lo que no son.
  • La tercera, nunca llegues a un sitio nuevo creyendo que sabes lo que vas a ver.

Este verano he escuchado tronar el rezo musulmán de la tarde en el corazón del asentamiento judío de Hebrón, en los Territorios Palestinos. Y creo que nunca entendí mejor el conflicto como cuando oí la voz amenazadora de los muecines clamar la oración de la tarde y oír el “Allahu Akbar” llegar hasta los jardines de la mezquita-sinagoga de Ibrahim, donde una treintena de judíos ultraortodoxos celebraban el cumpleaños de un crío.

En Hebrón, la ciudad más poblada de Cisjordania, 600 colonos ultraortodoxos viven protegidos por más de 4.000 soldados israelíes y literalmente rodeados de 160.000 palestinos.

Entre otras muchas cosas, ambas comunidades se disputan la potestad sobre la mezquita-sinagoga de Ibrahim, que en la actualidad divide sus estancias milenarias en dos zonas incomunicadas entre ellas y con entradas separadas; una para los judíos y otra para los musulmanes.

Este verano he cenado pizza y helado en la calle Yafo de Jerusalén, que Núria apodó con mucho acierto como Disneylandia, la misma noche en que he dormido frente a la puerta de Damasco, en Jerusalén Este. Aunque ya no hay un muro físico, las diferencias entre ambos barrios siguen estando ahí.

Este verano he cruzado a pie la frontera que separa Egipto de Israel y he tenido el mayor choque cultural de mi vida (curiosamente, lo que me chocó no fue pasar de occidente a oriente sino darme cuenta de cómo es occidente cuando fui desde oriente).

En el puesto de control de Taba, en Egipto, gestioné el visado de salida con un policía adormilado vestido de blanco que me condujo a su despacho. Apuntó mi nombre en un enorme libro de registros –ni rastro de ordenadores- mientras en una radio vieja crepitaba la primera oración de la mañana y un par de cucarachas correteaban alegremente entre las colillas de cigarro esparcidas sobre su mesa.

El choque llegó en los primeros veinte metros de Israel: los adoquines de las aceras estaban alineados con precisión matemática, las macetas con flores rojas salpicaban la barandilla que daba al mar y antes de pasar por el férreo control de pasaportes israelí uno podía aliviar la vejiga en unos baños impolutos que tenían hasta hilo musical.

En el control de pasaportes había aire acondicionado, sonaba música rock y la chica que me interrogó sin piedad era tan despampanante que tuve tentaciones de hacerle proposiciones indecentes.

Ya en Israel, alcancé el punto álgido de mi estado de alucinación cuando, tras haber olvidado cualquier noción de educación vial en mis últimos meses en El Cairo, le pedí a un taxista por qué no arrancaba. Me respondió con un inglés exquisito: “Puede ponerse el cinturón de seguridad, por favor?”. Durante algunos segundos dudé entre llorar de emoción o abrazarle. Aunque terminé por no hacer ninguna de las dos cosas, el momento fue bonito.

Este verano he visto los ojos de los niños palestinos, he sentido el calor acogedor de este pueblo extraordinario y me he dado cuenta de que vivo en el tercer mundo. Y no sé si Palestina lo es o no, pero sí sé que incluso en sus campos de refugiados los niños son niños que juegan, comen, van al colegio y aprenden inglés. Ninguno de ellos tenía los ojos apagados y el gesto adulto de algunos no-niños de El Cairo.

Y como reflexionaba Núria, este verano ha sido de muchas sensaciones que pueden resumirse en una sola: la de estar en Israel y sentir que entender la complejidad del conflicto requiere bastantes más neuronas de las que tengo pero intuir, ya de nuevo en El Cairo, que la verdad estaba ahí, al alcance de la mano. Qué pena no haber sabido atraparla.

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  1. M’alegra molt que haguem compartit aquestes lliçons, Laureta. Una periodista i una politòloga és una bona combinació per viatjar i (intentar) entendre el món, eh?

    Per cert, jo tinc una altra lliçó per ensenyar-te… Dues amigues + dues càmeres de fotos = compartir les fotos. Please! 😛

  2. Menos mal que la calor de El Cairo no te ha dejado las neuronas fuera de combate y recuerdas que tienes un blog. Me ha gustado mucho saber un poco de tus vacaciones del 2011.
    Tengo muchas ganas de verte, creo que Marta tiene un poco de “envidia”.
    Besitos

  3. No tinc enveja!!! en tinc però perquè la mama baixa d’aquí res!!!! jejeje

  4. Sempre és un plaer llegir les teves impressions. I estic d’acord amb tu: no importa quanta experiència tinguis; els llocs, i encara més les persones, sempre et sorprenen.
    Molts ànims i més petonets.

  5. Como dijo un sabio artista con el que Martí se hizo una foto… “Israel, Israel que bonito es Israel”, una declaración de principios donde la haya. Ahora en serio, coincido con los de ahí arriba en la alegría porque hayas retomado el blog, que ya tocaba. En unos meses seguramente vaya a Corea del Sur de vacaciones y creo que mi choque va a ser muy parecido al tuyo, veremos.

  6. […] En Medio de Oriente Salta al contingut Pàgina d'iniciA golpe de versoCairo en movimientoDe PerfilEn clave de Efe ← Lecciones veraniegas (I) […]

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