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Tahrir necesita ventolín

In Uncategorized on 21/11/2011 at 9:22 pm

“Guantes, mascarillas, betadine, ibuprofeno y ventolín”, enumeraba ayer a voz de grito una mujer enarbolando una hoja de papel en uno de los improvisados hospitales de campaña. Protegidos por precarias vallas metálicas de las que en los países civilizados sirven para impedir a los ciudadanos el acceso a las obras, una decena de médicos ataviados con batas blancas atendía sin descanso a los heridos.

Un par de tiendas de campaña protegían a los heridos más graves y los leves descansaban sobre mantas esparcidas por el suelo. A un lado se acumulaban las provisiones separadas en grandes bolsas blancas mientras un goteo constante de ciudadanos anónimos entregaba al hospital lo que podía: un bote de jarabe, algunas gasas, una caja de pastillas y ventolín para ayudar a respirar a quienes inhalaron demasiado gas lacrimógeno.

Es la cara amable de Tahrir. La de la solidaridad y la buena voluntad. La de los egipcios que, una vez más, hacen gala de la generosidad que les caracteriza y salen a las calles a ayudar a sus compatriotas.

La otra cara de Tahrir –y de Egipto- se encuentra a apenas un par de calles de distancia. En Mohamed Mahmud y las calles que conducen al Ministerio del Interior, una muchedumbre se enfrenta a la policía a pedradas. Reciben a cambio andanadas de gases lacrimógenos, disparos de balines de plástico y metal así como de fuego real.

Hoy, de nuevo, Belén y yo volvemos a la plaza a primera hora de la mañana. Tenemos órdenes expresas de no meternos en líos, así que evitamos el centro de la plaza y la entrada a la calle Mohamed Mahmud y vamos a por los hospitales de campaña. Nos quedamos un rato en el que está instalado dentro de la mezquita Omar Moktar. Uno de los médicos –con voz ronca y gesto cansado, como todos- nos cuenta que lleva aquí desde el viernes porqué llegó para manifestarse y terminó poniendo sus manos al servicio de los heridos que llegan sin parar desde el frente de combate.

Cuenta que ha visto heridas de todo tipo y en todas partes: en los ojos, puñaladas en el cuerpo, asfixia por los gases, quemaduras y heridas por balines. Alguien nos muestra uno de esos balines redondos de plástico de apenas medio centímetro de diámetro, pero no conseguimos ver las balas de fuego real que algunos de los activistas han fotografiado y subido a Twitter.

Hablamos también con uno de los manifestantes, Ahmed. Alguien ha hecho un puente con los cables de una farola y un grupo de hombres aprovecha el invento para cargar sus teléfonos móviles. Ahmed nos cuenta que lleva tres días en la plaza y que ha dormido tres horas. Se declara activista pero asegura que no es simpatizante de ningún partido político: “Soy simpatizante de Egipto”, asegura.

Dice que entre los manifestantes no sólo hay activistas como él, sino también ‘baltageya’ (provocadores pagados por quién sabe quién para generar el caos), islamistas y ultras de los equipos de fútbol más populares del país; el Ahly y el Zamalek.

Estos ultras forman la primera línea del frente que se ha montado en el centro de la ciudad. Su arrojo y su conocimiento de las técnicas de ataque de la Policía –aprendidas sin duda en numerosas batallas campales a la salida de los partidos- cosecha comentarios de admiración entre los activistas, que narran la batalla a ritmo de tuit.

Cuando las autoridades egipcias hacen público que ya hay 14 muertos y el ambiente comienza a cargarse en la plaza, Belén y yo iniciamos la retirada. A lo largo de la jornada siguen los enfrentamientos al mismo tiempo que la gente sigue llegando a Tahrir.

Cuando me marcho de la oficina hay novedades: varios tuits indican que alguien ha comenzado a organizar la recogida de la basura en la plaza, hay convocada para mañana a las 5 de la tarde una Marcha de Un Millón y la televisión estatal egipcia filtra que el gabinete de ministros egipcio entregó ayer su dimisión al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Falta que los milicos la acepten.

Y si ayer el tema que resumía el día era una frase, hoy es un hashtag: #Tahrirneeds. El usuario anónimo @tahrirsupplies coordina la distribución de los kilos y kilos de comida, material médico y medicinas que llegan desde todos los puntos de El Cairo.

En las últimas horas, #Tahrirneeds se ha convertido en la mejor sintonía para seguir lo que ocurre en la plaza. Los usuarios piden pan, barritas de dulce, medicinas, sangre y escudos humanos. Una vez más, los egipcios, la gente normal -no los manifestantes ni los activistas, ni los ultras, ni los ‘baltageya’- hacen honor a uno de los lemas más coreados de la revolución:

ارفع راس فوق, انت مصري

(Levanta la cabeza, eres egipcio)

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Hay que volver a Tahrir

In Uncategorized on 20/11/2011 at 11:51 pm

Me saca Enrique de la cama con una llamada: hay que volver a Tahrir.  

Retrocedamos 48 horas. El pasado viernes decenas de miles de egipcios volvieron a tomar Tahrir para pedir la caída del mariscal Husein Tantaui, que encabeza el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, la junta militar que gobierna Egipto desde la caída de Mubarak. A la convocatoria inicial de los grupos de revolucionarios se le unieron enseguida los Hermanos Musulmanes y los salafistas. Faltaban diez días para las elecciones y en materia de campaña electoral, Egipto no es ninguna excepción. Los candidatos egipcios se suben al primer carro que pasa.

El resultado fue una buena muestra de lo que es Egipto tras la revolución. Los manifestantes marcharon a la sombra del gigante calcinado que albergaba la sede del PND, el partido de Mubarak. A diferencia de las de los meses posteriores a la caída del rais, la del viernes no fue una manifestación tricolor. Dominaron el verde del Partido Libertad y Justicia de los Hermanos, el azul del partido salafista Al Nur y el negro de las banderas que rezaban ‘no hay más dios que alá’ –las mismas que utiliza Al Qaeda- de los barbudos más barbudos. De vez en cuando era posible ver las pegatinas amarillas y negras de quienes piden la anulación de los juicios militares o banderas negras con el puño blanco alzado, el símbolo del movimiento de jóvenes del 6 de Abril.

Grandes escenarios dominaban la plaza y, encaramados sobre ellos, salafistas e islamistas lanzaban sus imprecaciones histéricas a una multitud de barbudos solitarios o barbudos acompañados de una mujer en niqab y sus retoños. Aquí y allá los vendedores ambulantes repartían te, refrescos, pan o bollos en un ambiente muy diferente al que habría al cabo de unas horas, cuando los jóvenes de la revolución sustituyeron a los islamistas y comenzaron los enfrentamientos con la Policía. El resto lo habréis leído en los medios.

Hoy hay que volver a Tahrir. Me encuentro con Belén y Abdu en el puente de Qasr al Nil. La entrada a la plaza está cortada y Abdu nos deja pidiéndonos que tengamos cuidado. Antes de salir del coche me guiña el ojo: “Laura, esto es igual que en enero!”.

Cuando llegamos, los ocupantes de la plaza Tahrir se encuentran en proceso de despertarse a la manera egipcia: con un café turco y un bol de ‘koshari’, el plato egipcio por excelencia hecho con macarrones, arroz, fideos, lentejas, garbanzos, cebolla picada y salsa picante.

La multitud dista mucho de ser la que protagonizó la revolución en enero. Chavalines y adolescentes de los barrios más humildes de El Cairo se han apoderado de la plaza y de la calle Mohamed Mahmud, donde están sucediendo los enfrentamientos más duros con la policía. Críos montados en motos –los mismos que suelen agarrar a las chicas por el trasero en plena calle- cruzan la multitud a todo trapo. Algunos gamberrillos se han subido a los muros que protegen la Universidad Americana de El Cairo y se pasean por allí alegremente mientras otros golpean sin cesar las barandillas metálicas de la plaza.

El ambiente es absurdo, ridículo y patético. Me da pena que nadie parezca tener otro propósito que el de hacer el gamberro.

Tras un rato en la plaza, comenzamos a identificar a algunos activistas y hablamos con ellos. Siguen pidiendo la dimisión de Tantaui, la anulación de los juicios militares a civiles y un calendario concreto que establezca una fecha para el traspaso de poder de la junta militar a los civiles y para la celebración de elecciones presidenciales.

Ya en la redacción, el volumen de trabajo nos ahoga. Gente de todo tipo comienza a desfilar hacia Tahrir. En seguida los principales activistas comienzan a retransmitir la concentración por Twitter, señal inequívoca de que aumenta el número de activistas.

Cuando la policía echa a todos los manifestantes de la plaza y estos vuelven a tomarla en apenas media hora, en la redacción todos nos miramos con preocupación. Aprovechará la junta militar para suspender las elecciones con la excusa de que la situación de seguridad es demasiado inestable como para celebrarlas?

Mientras, crecen las similitudes entre lo que estamos viendo y los días posteriores al 25 de enero:la incertidumbre sobre lo que pasará, la furia de los manifestantes contra la autoridad y la incapacidad de los que mandan para leer las señales de humo (lacrimógeno) que llegan desde la plaza.

A medida que pasan las horas empieza a quedar claro que esto no es sólo una concentración de ‘baltageya’ sino que existe un sector de la sociedad egipcia que no está contento con el Gobierno militar. Hay quienes alertan que la junta debe hacer concesiones a los manifestantes antes de que este copito se convierta en una bola de nieve imposible de parar. Otros recomiendan esperar y ver si esta protesta multitudinaria pero todavía minoritaria cala en la sociedad egipcia.

Tras un día de trabajo maratoniano donde se han formulado más preguntas de las que se han contestado, sólo queda seguir con un ojo enganchado a Twitter y Al Jazeera y otro a la cómoda mayoría absoluta sobre la que asienta ahora sus posaderas el Partido Popular.

Al final, el resumen del día queda en una de esas frases que a veces se escuchan por las redacciones por encima del barullo de la tele, del pitido de los teléfonos y del repicar de los teclados. Cuando una frase de esas se deja oír, los periodistas levantan las cejas, le dedican dos segundos a la idea, deciden que no sirve para su artículo, la olvidan y siguen con su tema. Hoy alguien dijo:

“A ver qué pasa chicos, podemos estar en el germen de algo grande”