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Archive for Desembre de 2011|Monthly archive page

Despedidas

In Uncategorized on 21/12/2011 at 8:48 am

Ahora que se acerca el momento de despedir muchas cosas, he hecho una lista con todos los ‘adioses’ que he dicho este año y, definitivamente, son demasiados. Nunca antes había despedido en tan poco tiempo a tantas personas tan importantes. Por suerte, la mayoría de ‘adioses’ son solo ‘hasta luegos’, pero despedir a gente que me importa se me sigue antojando uno de los aspectos más crueles de la vida cairota, donde todo el mundo tiene un billete de ida y un billete de vuelta (yo incluida).

Hoy, mañana, es mi turno para decir adiós a muchas cosas. Y aunque espero que este no sea el fin de mi aventura en Oriente Medio, estas fechas significan el fin de un año en el que ha cambiado todo lo que podía cambiar.

El Egipto que dejo ahora –espero que solo por unos días- es el Egipto que le ha dado una patada en el culo a Mubarak, pero también el que se ha dado cuenta de que la sombra de la dictadura se extiende más allá del hombre octogenario con el pelo teñido de negro.

Desde el pasado 28 de enero, cuando estallaron los primeros enfrentamientos entre los manifestantes y la Policía, Egipto ha vivido muy pocas semanas sin manifestaciones masivas y sin disturbios en sus calles. Lo único que apartó a los activistas de las calles fueron el ramadán y el calor asfixiante de los meses de julio y agosto.

Hoy, pocos mantienen el optimismo que llevó a centenares de miles de personas a lanzarse a las calles para derrocar el régimen. Al contrario de lo que muchos creen, la revolución no terminó el 11 de febrero y sus efectos, algunos de ellos positivos, han resultado devastadores para el turismo, la economía (la Bolsa egipcia se encuentra en mínimo histórico) y miles de familias egipcias.

Los disturbios, las piedras voladoras, los gases lacrimógenos, los muros de hormigón en las calles principales y los muertos enfurecen a una población agotada que comienza a girarse en contra de quienes protagonizan los choques en Tahrir.

El egipcio medio está condenado a soportar los caóticos atascos cairotas apretujado en el asiento trasero de un minibús. El egipcio medio tiene varios trabajos –todos mal pagados- y jornadas laborales de diez, doce o más horas. El egipcio medio es bajito y tiene los dientes destrozados porque come poco y mal. El egipcio medio simpatiza con los revolucionarios, pero no entiende qué hace ahora la gente en Tahrir. Quiere paz, porque la paz significa estabilidad, trabajo y comida.

Como muchas cosas, Egipto es ahora mucho más complejo que cuando llegué. También para mí, puesto que Egipto ha dejado de ser el país en el que trabajo para ser el país en el que vivo. Y eso lo cambia todo. Cuando los manifestantes salen a jugarse la vida en Tahrir, ya no son solo manifestantes y, por lo tanto, posibles fuentes de información, porque entre ellos hay algunos de mis amigos, gente que conozco, aprecio y respeto.

Quizás esta sea una de las lecciones más bonitas que he aprendido a lo largo de este año. He escuchado muchas veces a periodistas explicar la diferencia entre hacer una historia y vivirla, pero no lo he entendido por completo hasta que he llegado a El Cairo. Aquí, donde los disturbios suelen atraer a todo tipo de periodistas, he conocido por primera vez a gente que había trabajado en lugares como Libia, Afganistán o Irak. Para algunos de ellos, Egipto y la calle Mohamed Mahmud eran una historia más, otro rincón de mundo donde corría la adrenalina y que perdía su atractivo sin el gas lacrimógeno, sin las escenas de campo de batalla, sin la sangre y sin los muertos.

No soy una mojigata, pero a mis ganas de que pasen cosas se les ha unido en los últimos meses otro sentimiento. El de que este país y su gente me importan porque, de alguna forma extrañísima, mi historia durante este 2011 tan intenso se ha entremezclado con la suya.

Mi deseo para 2012 es este. No quiero convertirme en lo que un buen amigo llamaba ‘periodista activista’, pero quiero seguir contando Egipto desde el cariño y el respeto que me inspiran este país y su gente. Seguiré escribiendo mi historia en este blog. La de Egipto… en alguna otra parte.

Feliz Navidad, Feliz Año.

Gracias a todos por leerme.

Y gracias 2011, no podrías haberme dado más.

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Ser egipcio

In Uncategorized on 19/12/2011 at 12:48 am

De nuevo los alrededores de Tahrir tienen más aspecto de campo de batalla que de calle. La calzada está cubierta de piedras y en el aire se mezclan el olor a orines y el de los distintos humos. Y ninguno es el de los coches. El humo penetrante de las tiendas calcinadas de los acampados, el humo ácido de los hornos caseros donde los vendedores ambulantes asan boniatos y el humo asfixiante del gas lacrimógeno. (Apunte: hoy este último está ausente, pero reconozco que los cascotes y los manifestantes tienen en mí un efecto proustiano y llevan a mi nariz el olor a gas de forma inmediata).

En esta ocasión el lío no está en Tahrir, sino en las calles aledañas de Qasr al Aini y Sheij Rihan. Al llegar allí, se nos acerca un ‘manifestante’ (últimamente es difícil distinguir entre activistas, curiosos y matones infiltrados) agitando la portada del periódico revolucionario Al Tahrir.

“Welcome back!”, grita al darse cuenta de que somos periodistas. A mi me entra la risa porque la escena tiene algo de ritual. Las fuerzas de seguridad atacan a los manifestantes o viceversa. Ambos se lían a pedradas durante unos días. Acuden los periodistas a meter las narices mientras voluntarios montan hospitales de campaña, se paraliza el tráfico en la zona, la Bolsa cae en picado, hay un atentado en el gasoducto del Sinaí, los palestinos aprovechan para reunirse mientras nadie mira y al final los militares aseguran que juzgarán a los culpables de las palizas a los manifestantes sin que nadie se los crea.

La diferencia es que en esta ocasión se han pasado. Lo dicen los ojos de nuestro manifestante espontáneo y los de quienes lanzan piedras sin cesar contra los hombres apostados en las azoteas de los edificios del complejo del Gabinete de Ministros.

La respuesta está en la portada de Al Tahrir. En la fotografía, que se ha publicado en numerosos medios de comunicación, agentes de la llamada Policía militar rodean a una joven a quien han tirado al suelo y han levantado el velo dejando ver sin resquicios su torso semidesnudo y su pecho, cubierto solo por un sostén azul.

En la fotografía no se ve, pero en un vídeo que ha corrido como la pólvora por las redes sociales, los agentes patean su cabeza repetidamente y uno de ellos se ensaña a golpes de bota con su pecho mientras otro se ríe.

A pesar de que la paliza que recibe la joven es brutal (aviso para los que todavía no hayáis visto el vídeo), lo que ha encendido los ánimos de los egipcios no son los golpes. Lo que les ha hecho bullir la sangre es el hecho de que la policía comandada por la Junta Militar se haya atrevido a arrancar el velo a una joven y haya expuesto su cuerpo desnudo al mundo. Este no es solo un ataque a su esternón o a su cabeza. Es una afrenta sin nombre a su dignidad, a su honor y al de su familia. La ofensa no es al sentimiento patriótico de los egipcios, ni a sus ideales políticos. Es una estocada a la identidad egipcia, a lo que significa ser un ciudadano del país del Nilo.

El efecto recuerda al que tuvo durante la Revolución del 25 de Enero el vídeo de los camiones policiales rociando con mangueras de agua a presión a un grupo de manifestantes que rezaban en el puente próximo a Tahrir en lo que se conoció como la batalla de Qasr al Nil. Ese día y contrariamente a todo lo que dicta el sentido común, más y más manifestantes se unieron a quienes rezaban mientras en casa los egipcios que todavía no habían salido a las calles se revolvían de furia y horror al ver lo mismo que han visto estos días: que el ataque del régimen (entonces de Mubarak, ahora de los militares) no es a los activistas sino a todos los egipcios.

Todo esto me recuerda siempre a mi amigo Mohamed, al que un día quiero dedicarle un post. Mohamed es un chico bastante pacífico al que le gusta la poesía y que disfruta con los versos del Corán. Durante los disturbios del pasado mes de noviembre, su hermano pequeño resultó herido cuando una bala le rozó la frente. Mohamed, que no había vuelto a Tahrir desde la caída de Mubarak en febrero, juró que volvería a la plaza a cargar contra los agresores.

He olvidado si finalmente lo hizo porque, como la mayoría de los egipcios, Mohamed trabaja catorce horas diarias sin descanso. Lo que no he olvidado son sus palabras y la determinación en su mirada mientras hablaba.

“Laura -me dijo-, me da igual por qué están ahí los activistas, casi han matado a mi hermano. Voy a coger a mis amigos y mis amigos van a coger a sus amigos y todos vamos ir a Tahrir porque están matando a los de nuestra sangre. Y lo que no entiende la Junta Militar es que si golpeas una vez a un egipcio, el egipcio te devuelve el golpe dos veces. Y no nos importa morir. Nosotros somos más y ellos caerán antes”.