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Alejandría

In Uncategorized on 15/07/2012 at 7:43 pm

Mi otra dama del Mediterráneo

“Alexandria is always being lost by someone”

Adam Shatz

Salgo de la cama sin haber pegado ojo y sudada de arriba abajo. Anoche mi edificio se quedó sin electricidad. Trece pisos a pie dan de sobras para pensar en todas las cosas de la casa que dependen de la corriente: ventilador, aire acondicionado, enchufe antimosquitos y agua (que nos llega gracias a una bomba eléctrica).

Por la mañana, me lavo la cara y los dientes con agua mineral. No me da para ducharme. Arrugo la nariz, me visto y recurro al desodorante. Cojo los bártulos y emprendo con un gruñido un camino que en otras circunstancias me habría despertado una sonrisa: Alejandría.

Como pasa con casi todas las cosas importantes en la vida, Asterix y Obélix fueron los primeros en mostrarme Alejandría

En la estación, el barullo de la gente, el rugir de las máquinas, el calor sofocante a las siete de la mañana y el retraso del tren me llevan a preguntarme qué demonios hago aquí. Después de Mubarak, la Junta Militar y los Hermanos Musulmanes, ¿en serio el mundo quiere leer un reportaje sobre la especulación inmobiliaria en Alejandría? ¿a quién podría interesarle la historia? ¿qué hago aquí sin haber dormido ni haberme duchado?

El pragmatismo triunfa cuando ya estoy a punto de renunciar a la aventura alejandrina: recuerdo que he conseguido concertar tres entrevistas en un solo día y sé que el interior del convoy con aire acondicionado es el único sitio en todo Egipto donde voy a poder dormir. Me subo.

Al llegar a Alejandría, sonrío sin querer. El cielo es azul, azul Mediterráneo. El calor es sofocante, pero sopla un aire húmedo y salado. Y los taxis son negros y amarillos.

Los míticos taxis alejandrinos: los Lada negros y amarillos

Alejandría, mi segunda dama del Mediterráneo, vive anclada en un pasado fascinante que ha terminado por conquistarme.

Salpican sus calles restos de todos sus pasados. Ruinas griegas, romanas y faraónicas. El fuerte de Qeitbei, que el sultán del mismo nombre construyó con restos del histórico Faro, una de las siete maravillas de la antigüedad. La célebre mezquita de Abu Abbas al Mursi, el santo sufí de origen murciano (de ahí el apodo de ‘al mursi’) que llegó a Alejandría huyendo de la reconquista española.

El tranvía, el hotel Cecil y las villas de inspiración italiana. Vestigios de la Alejandría cosmopolita que hablaba con soltura griego, turco, francés, árabe e inglés. La ciudad donde Constantinos Cavafis escribía versos febriles en un piso situado sobre un prostíbulo.

En 1950 había más destape en las playas de Alejandría que en España (más en Foreign Policy)

La Biblioteca moderna, foco de la cultura en el mundo árabe y refugio de una extrañísima colección de libros adquiridos a base de donaciones aleatorias de bibliotecas de todo el mundo.

Territorio salafista, pero también la ciudad donde algunas mujeres comienzan a deshacerse del velo islámico. Feudo de los Hermanos Musulmanes que en las presidenciales prefirió al naserista Hamdin Sabbahi (“uno de los nuestros”) porque los islamistas no habían cumplido sus expectativas.

Como el resto del país, Alejandría es decadente, sucia y superpoblada. Pero diferente. Es y siempre ha sido la vanguardia cultural y política de Egipto. Las cosas siempre suceden antes a orillas del Mediterráneo.

Pero en este país tan profundamente marcado por la historia, el futuro importa poco. Alejandría es la reina de la nostalgia y en sus calles libran una batalla feroz el presente y el pasado.

Hordas de ‘saidis’, gente del sur, se han adueñado de la ciudad en las últimas décadas. Son más pobres, más incultos y más conservadores que los refinados alejandrinos viejos. A un ritmo demencial, derriban las villas de mi reportaje para construir rascacielos de hormigón inspirados en la arquitectura monolítica e impersonal del Golfo.

Esta es una de las primeras imágenes que tomé de Alejandría en 2010. Hace dos días volví para comprender lo que significaba.

Pero estos recién llegados son la Alejandría de hoy. Trabajan en las fábricas y votan a Sabbahi. Sus hijos pintan graffittis y cantan un rap duro y furioso que solo triunfa en los cassettes de los coches soviéticos que conducen a golpe de bocina en las calles todavía coronadas por el tendido de un tranvía casi extinto.

Egipcios, griegos, romanos, coptos, árabes, griegos de nuevo, turcos, europeos, egipcios otra vez. Todos ellos perdieron alguna vez Alejandría y quienes la dominan ahora la están perdiendo a su vez.

En Alejandría, la historia siempre gana la batalla y, al igual que Barcelona y París, tiene la cantidad suficiente de literatura, mito y leyenda como para convertirla en el lugar al que ir a soñar. El Mediterráneo hace el resto.

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  1. Gracias por enseñarme esa hermosa ciudad.

  2. Ostres, amb aquesta crònica m’han vingut unes ganes… que me n’hi anirira ara mateix!

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