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Encuentros y reencuentros

In Uncategorized on 02/09/2012 at 12:30 am

Comparar Sydney con El Cairo es… raro

Lo único peor que despedir a la familia y a los amigos es decirle adiós a la persona que más quieres. Sobre todo sabiendo que la bienvenida una vez en “casa” van a ser el calor pegajoso, el hedor de la basura quemada y un taxista malhumorado con ganas de estafar al viajero exhausto.

El Cairo es una ciudad maldita: basta con dejarla para echarla de menos, pero sólo hace falta volver para comenzar a odiarla. Joden los gritos, la suciedad, la miseria, la mala leche, todo lo que va lento, todo lo que no va.

Y todo lo que falta. El recuerdo de la felicidad absoluta, el calor de las sonrisas amigas, la música de la lengua propia, el silencio. Adaptarse a las comodidades del mundo civilizado es tan sencillo como difícil es luego volver a hacerse al aire viciado de esta gran urbe de locos, al árabe áspero y al agua del grifo, que en verano sale sucia, a trompicones e invariablemente caliente.

No tardo mucho en salir a la calle y llenarme los pies de polvo. De golpe, en la siempre ajetreada calle Tahrir, mientras intento decidirme entre lanzarme a cruzar a lo suicida o esperar a que algún conductor benévolo me deje pasar, aparece en mi cabeza en mayúsculas, subrayado y parpadeando como con luces de neón la pregunta: “¿Qué demonios hago aquí?”.

La respuesta no llega hasta varios días y media docena de películas después. Se insinúa en las sonrisas de los hombres que vigilan mi portería, en el saludo del cajero del supermercado y en las explicaciones profusas del señor del quiosco de la esquina sobre porqué hay escasez de agua potable y el precio de las botellas se ha disparado.

Son los pequeños y los grandes reencuentros con conocidos, amigos y gente a la que nunca pensé encontrar en Egipto los que me ayudan a entender lo bonito de vivir en El Cairo.

Hoy ya he dejado atrás el jaleo del cambio horario y mis pulmones han olvidado el aire clarísimo de la Great Ocean Road (a la que, digan lo que digan, fuimos). Así que sólo falta que algún titular me obligue a sentarme frente al ordenador para volver a redactar párrafos y responder así a la preguntita de las luces de neón.

A pesar de lo que digan algunos, sí estuvimos en la Great Ocean Road. Los koalas, en cambio, no.

Eso sí, esta vez escribo con la inquietud de no saber cuánto durará esto, con la amargura de tener que poner de nuevo el contador a cero, pero con la satisfacción de saber que, ahora sí, esta es la última vez.

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  1. Ánimos que te queremos mucho.

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