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Burocracia

In Uncategorized on 11/09/2012 at 12:42 am

La recompensa tras la batalla burocrática es un carné plastificado… o no

Un año y nueve meses de vida cairota me han convencido de que no hay mejor forma de entender Egipto que sumergirse de lleno en el temible inframundo de su burocracia. Una veintena de visados y carnés de prensa distintos dan fe del tiempo, la tinta y el papel que un periodista termina empleando para regularizar su situación en Egipto.

Yo, que nunca pierdo la fe en este país de locos, me niego a creer que los trámites administrativos sean una eterna broma pesada del sistema egipcio. Prefiero pensar que es la forma sutil y retorcida que tiene el país de mostrar sus secretos más oscuros y ayudarnos a comprender sus mecanismos más desconcertantes.

El epicentro de este infierno es La Mugamma, una mole de catorce plantas en la plaza Tahrir en la que trabajan 18.000 personas y que centraliza casi toda la burocracia del Estado. Carnés de conducir (sí, existen), partidas de nacimiento, matrimonio y defunción, pasaportes, visados e impuestos. Todo está en la Mugamma.

La Mugamma, ese monstruo

Dice la Wikipedia que en 1947 al rey Faruq le pareció buena idea que absolutamente todos los trámites del Estado (que heredó de los franceses el gusto por la burocracia absurda) se hicieran en un mismo sitio. En España esto está muy de moda ahora entre los políticos. Lo llaman “ventanilla única”. Alguien debería hablarles de La Mugamma.

Para un extranjero, ir a La Mugamma sólo puede significar una cosa: renovar el visado. Este proceso que en algunos países puede hacerse hasta por Internet encierra un encanto extraordinario y no exento de magia en Egipto.

Encontrar el pasillo, el despacho o la ventanilla adecuados es una aventura llena de misterio cuyo resultado depende siempre de la buena fe de quienes se encuentren en ese momento en los alrededores. La solución suele ser preguntar una y otra vez, sin olvidar que los egipcios nunca dicen “no lo sé”. Prefieren inventarse la respuesta antes que reconocer que están tan perdidos como el pobre extranjero sudoroso.

La gente vegetando, la salida de emergencia atada con un candado y bloqueada por un banco… todo muy egipcio

Dar con la ventanilla. Hacer cola para conseguir un formulario. Pegarle una fotografía y rellenarlo con todos los datos personales (incluidos el estado civil y la religión). Hacer cola para entregar el formulario, hacer cola para comprar un sello (¿?), hacer cola en el sitio del formulario, entregar el sello para que el funcionario lo pegue en el papelito y volver la semana que viene.

Volver la semana que viene es un billete gratis para asistir a uno de los milagros más divertidos de Egipto. A lo largo de esa semana, el extraordinario monstruo de la burocracia ha engullido el formulario arrugado, grapado y baboseado y lo ha convertido en una visa reluciente que hasta lleva nombre y apellidos. Todo en un mundo sin ordenadores ni aire acondicionado donde reinan el caos, el polvo, los libros de registro desordenados, las tazas sucias y los post-its caseros.

Una de las cosas que más sorprende de La Mugamma es la cantidad de vendedores de té y de golosinas. Pero basta con entender cuánto tiempo puede llegar a pasar un ciudadano cualquiera allí dentro para defender a capa y espada hasta la presencia de limpiabotas. Uno siempre sabe cuándo entra en La Mugamma, pero nunca cuándo va a salir.

Un limpiabotas

A pesar de la frustración, la maquinaria burocrática egipcia está llena de personajes y escenas entrañables que permiten al extranjero atrapado en las fauces del monstruo no tirarse al Nilo desde el puente más próximo.

Está ustaz Fuad, la cara visible del Centro de Prensa. Un hombre con una extraña obsesión por recolectar fotografías de carné al que nadie entiende porque es gangoso y le faltan los dos dientes de abajo. Están las mujeres:  la que se pasa el día en Facebook, la que busca pisos y la que duerme con la cabeza apoyada en su escritorio. Está el pobre recluta con casco que se pasa el día dormitando sobre una metralleta que apunta a la calle, por si a alguien se le ocurre atacar el Ministerio de Información.

La caja de galletas de latón en la que se guardan bien mezcladas las fotografías de ustaz Fuad. Están los armarios misteriosos que encierran todos los documentos y permisos de prensa de todos los periodistas que alguna vez se han acreditado en El Cairo.

Están las leyendas urbanas: que la máquina plastificadota para hacer los carnés de prensa permanentes sólo está una vez al año, en diciembre. Y las normas absurdas: el Centro de Prensa nunca puede dar tantas acreditaciones como solicitudes recibe. El criterio para conceder o denegar acreditaciones es, por supuesto, totalmente aleatorio.

Está la señora que da las visas en La Mugamma y que antes de anunciar para cuánto tiempo te concede el visado, te mira con ojos de psicópata y se cree la reina del universo. Y el señor del Centro de Periodistas de La Mugamma, que nunca acepta visados después de las diez de la mañana y nunca los entrega después de las once.

A estas alturas, es imposible saber si los funcionarios son los causantes del caos mayúsculo o si en realidad el país no se hunde gracias a ellos. Al final, más que intentar entender de qué va todo esto, yo prefiero dejarme llevar. Me siento en un rincón y contemplo el espectáculo.

Pasen y vean, esto es Egipto.

Asterix y Obélix en “La casa que vuelve loco”. Mejor sentarse a contemplar el espectáculo

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  1. Uff menos mal que tienes paciencia.

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