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Rituales

In Uncategorized on 07/11/2012 at 11:26 am

En periodismo, el titular y el lead sobreviven hasta cuando cambia el alfabeto

El periodismo es un poco como El Cairo. Jodido, ingrato y adictivo. Igual que El Cairo, nadie que no lo haya experimentado en carne propia entiende qué sentido tiene dedicar vida y energía a un oficio mal pagado, sin horarios y cuya única compensación es la esperanza de que al otro lado de la cadena trófica comunicativa alguien se sienta, quizás, un poco más cerca de comprender el mundo.

Ayer, en un ataque de lucidez premenstrual, me vino a la cabeza lo mismo que he pensado decenas de veces en los últimos meses. ¿Qué demonios estoy haciendo? La diferencia era que esta vez no pensaba en la ciudad donde vivo, sino en el oficio que he elegido. Ayudó a este humor oscuro la desaparición misteriosa e inexplicable de todos los artículos, crónicas y reportajes que he almacenado pacientemente en mi ordenador durante el último año.

Así que, soltando palabrotas a destajo, revisé los miles de correos electrónicos que he intercambiado este año con varios medios de comunicación para rescatar los dichosos archivitos adjuntos y volver a almacenarlos uno por uno en la memoria del ordenador. Fue un error.

El proceso de recuperación de datos perdidos se convirtió en un recorrido a cámara rápida por lo que ha sido mi último año como periodista. El panorama, créanme, es descorazonador.

Correos sin responder, propuestas ignoradas, facturas sin pagar y demandas absurdas conforman una ristra de amarguras, frustraciones y tristezas olvidadas en los archivos de mi cuenta de correo electrónico. Un rosario de decepciones cuyo destino no era ser revisado. Porque visto día a día tiene dimensiones ínfimas y, sin embargo, adquiere proporciones preocupantes leído en el plazo de menos de una hora.

Probablemente, si vieran algunos de esos correos se pondrían las manos a la cabeza y gritarían escandalizados: “¡Es la crisis de la prensa!”. O quizás no. Quizás se encogerían de hombros y dirían que esto es la esencia del freelance. Estar allí rápido cuando nos necesitan, para lo que sea, para luego ser ignorados hasta extremos que rozan el desprecio cuando la inmediatez de la noticia no apremia.

Un poco como las putas callejeras. Necesidad imperiosa, alivio rápido y barato. Un poco guarrete. Pero bueno, qué quieren. Ya saben aquello de las cuatro P: policías, putas, políticos y periodistas, todos iguales. O la última ameba de la cadena trófica, si quieren que siga con la metáfora medioambiental.

En el fondo -he pensado hoy al levantarme- el periodismo, como El Cairo, es una cuestión visceral. Es fácil comprender todo lo malo del oficio; lo de las facturas, los correos y todo eso. Lo complicado es poner esto a un lado de la balanza, al otro el resto de cosas y que alguien que no lo haya experimentado entienda que lo otro termina pesando más.

Porque lo otro, todo lo demás, son las cosas que pasan en el estómago. La magia de una buena entrevista, la adrenalina de convertir un suceso gordo en noticia, la precisión matemática que requieren las líneas redactadas a todo correr minutos antes del cierre. Contar una historia.

La certeza inamovible, bellísima y tranquilizadora de que, aunque absolutamente todo cambie, el final del día encierra siempre el mismo ritual. Hoja en blanco, titular, lead, texto. Mayúscula a principio de frase, espacio tras la coma. Dos puntos, espacio, abre comillas, cita, cierra comillas, coma, espacio, dijo alguien. Punto final.

Anuncis
  1. Ánimos, todo sucede por algo…

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