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Expats de Egipto

In Uncategorized on 13/11/2012 at 2:43 am

Que lo que me pasa es la vida

Me voy y no sé si se me hace más raro pensar que me marcho de Egipto o que he pasado aquí dos años de mi vida. En realidad, quizás lo extraño sea tomar de golpe conciencia de que esto que me está pasando es, efectivamente, la vida.

Dejo Egipto sin haber sabido explicar bien qué es lo que me ha retenido aquí con tanta fuerza. Mis amigos y mi familia todavía me miran con extrañeza cuando me preguntan ‘¿qué es lo que te gusta tanto de Egipto?’. Me han oído despotricar sobre la contaminación, el ruido, los hombres y la suciedad. Algunos incluso han comprobado con sus propios ojos cómo el Egipto de hoy está a las antípodas del país rico, elegante y culto que describen todas las crónicas desde el invento de la escritura hasta hace unos cincuenta años.

‘La gente’, suelo responder. Y una vez más, es difícil que lo entienda alguien que no haya vivido a orillas del Nilo. Lo sé porque mi respuesta suele suscitar expresiones de sorpresa, escepticismo o condescendencia. ¿Qué tiene la gente para retener a alguien en un lugar donde todo lo demás es, a ojos vista, un infierno?

Ahora que sólo me quedan unas pocas horas en el país, concluyo que la respuesta no es otra que la magia de El Cairo, que termina metiéndose dentro de sus habitantes. Aquí algunos la llaman Alá y otros la fuerza del universo. Yo prefiero pensar que es la misma inercia milagrosa que hace que siga rodando este Egipto salvaje; sociedad imposible, Estado fallido, capital frenética, lengua brutal.

Fue la magia cairota la responsable de tornar una velada formal en la Embajada española en Egipto en una noche memorable en la que no sólo conocí a mi querida familia cairota, sino al chico con el que más tarde decidiría mudarme al otro lado del planeta.

Es la magia de El Cairo, invisible pero siempre presente, lo que forja amistades más fuertes que la distancia y el tiempo. La magia nos ha convertido en lo que somos. Una familia de descarriados y raritos con algo en común: nuestro Cairo.

Nos une la adrenalina inevitable de la ciudad frenética, la miríada de peripecias cotidianas, la batalla titánica contra los elementos y el hormigueo en el estómago al ver salir el sol al otro lado del Nilo tras una noche bailoteos alocados y mala cerveza.

Pienso en todos los que se han marchado, pero que no han dejado ni El Cairo ni la familia. Al contrario, se llevaron con ellos un poquito de la magia de aquí. Por eso sonrío cuando pienso en los que vivís en Barcelona, Bilbao o Madrid. Cuando recuerdo que Chris está en París, Fuad en Ginebra, Johannes en Jerusalén, Rosa y Yara en Londres, Oscar en algún punto de Myanmar y Ben… bueno, nunca estoy segura de dónde está Ben.

Es porque estáis allí que nombres y países que antes no tenían ningún significado para mí se han convertido en reductos de la magia cairota y es porque estáis allí que escuchar sus nombres significa sentir el calor de la amistad, las risas y las horas pasadas dentro de taxis ardientes maldiciendo los atascazos cairotas.

Me gusta pensar que Fausto y yo también abriremos nuestra pequeña embajada Masr en Sydney. Un hogar que será el vuestro y que conservará la esencia de esta magia nuestra. Un lugar para los expats de Egipto, que no son los que se sintieron extranjeros en El Cairo, sino los que adoptaron el país del Nilo como propio y se sienten fuera de casa en casi cualquier otra parte.

Comenzar una nueva aventura al lado de la persona a la que quiero tras un año de distancia durísima es la razón que me empuja a abandonar Egipto. El hecho de que Fausto sea otro expat de Egipto y el convencimiento de que volveré y volveré a veros a todos es lo que me permite irme del país sin la sensación de estar dejando atrás parte muy importante de lo que ahora soy.

Dejo Oriente Medio triste, pero tranquila porque sé que he hecho aquí bastantes más cosas de las que venía a hacer. De hecho, parafraseando a un grande, Egipto ha hecho mucho más por mí que yo por él. La revolución, la caída de Mubarak, la transición que dejo a medias, el Nilo, el desierto, el mar Rojo, Alejandría, las amistades, el amor y también, claro, escribir.

Concebí este En Medio de Oriente como arma para combatir la nostalgia. No la que sentía cuando llegué, sino la que ya entonces sabía que sentiría cuando me marchara,  consciente de que Egipto me había cazado desde que puse los pies en el aeropuerto polvoriento, aspiré una bocanada de aire requemado y vi de refilón tres palmeras solitarias agitarse al son del viento de la noche a un extremo de la pista de aterrizaje.

Confieso que he escrito todo esto para mí. Que si me he esforzado en explicar cómo es el Egipto que yo he vivido, no ha sido tanto para vosotros sino para poder volver a sentirme mañana, cuando ya no esté en El Cairo, un poco más cerca de todas las cosas que me han retenido aquí durante dos años. Ya me perdonaréis el egoísmo.

Recuerdo la primera noche que salí tras la revolución. Me había marchado de Egipto a todo correr, con lágrimas en los ojos, una mochila a la espalda y el ordenador bajo el brazo. Dejé todo lo demás en mi habitación para verme obligada a pisar el país una vez más, ni que fuera para recogerlo todo de nuevo. Egipto era ya mi casa. Pasé un mes de infierno en España y, cuando volví, Mubarak ya había caído y decenas de personas pintaban las calles de El Cairo de rojo, blanco y negro.

Chris se había ido precipitadamente, pero todos los demás habíamos vuelto y nos reunimos, todavía aturdidos por la sacudida de la Revolución. Como el resto de cairotas, ignoramos el toque de queda y nos fuimos al Cairo Jazz Club, nuestro antro favorito. Entramos, nos instalamos y comenzamos a prestar atención a la banda. Era Wost al Balad y tocaban ‘Sout al horreya’ (Las voces de la libertad) ante cien o doscientas personas que coreaban el estribillo con los puños en alto y lágrimas en los ojos.

 

La magia cairota nos había reunido de nuevo y aquella noche, como todas las demás hasta hoy, comprendí que Egipto me había atrapado y no me iba a soltar. La verdad, tampoco me importó.

Me marcho a Australia a cumplir un sueño más bonito, si cabe, que el que tenía cuando llegué a Egipto. En Medio de Oriente no cierra, pero lo dejo descansando hasta mi vuelta. Hasta entonces, cuidad de mi Masr, chicos.

Anuncis
  1. Laura, que sorpresa leer que te vas, y nada menos que a Australia. Sé que El Cairo te ha enseñado más, quizás, de lo que habías soñado y espero que Sidney siga haciéndolo y te permita también seguir disfrutando de la vida (larga vida al gerundio). Sólo quiero desearte mucha suerte y aunque, a pesar de que mucha gente piense que no, China y Australia están lejísimos, pero tienes la puerta abierta por si quieres, o queréis, conocer un poco esto. Lo dicho, mucha suerte y a seguir creciendo.

  2. Hola Laura!
    El teu post m’ha emocionat molt. Et desitjo molta sort en la teva nova etapa.
    Una abraçada!

  3. Les teves cròniques sempre les he deixat en la carpeta de pendents, que per un advocat són aquells missatges del clients importants que s’han de respondre. Les acabava llegint en moments complicats del despatx i sempre aconseguien alegrar-me aquell instant de fugida. No sé per què aquesta l’he llegit de seguida i d’entrada m’ha deixat enze, doncs com bon apassionat d’Egipte que soc perdo les teves històries meravelloses. Val como tu dius de moment. Però felicitats Laura per explicar-nos la teva aventura vital d’amor cap aquella terra remota i per la teva nova singladura. Enhorabona pel Faust (carai quin nom). En aquella terra on penso que tothom va al revés escriu. Tens el do de saber explicar històries. Fins aviat.
    Artur

  4. Ostia Laura, ha de fer molta pena marxar d’una ciutat on has estat tant de temps i has conegut a tants amics. Guarda’t els records i et desitjo molta sort amb la següent parada!

    I continua escrivint! En aquest blog o en qualsevol altre! Sàpigues que a Berlín tens un fan al que li agrada molt llegir-te!

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