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De primeras veces

In Barcelonosi on 13/01/2011 at 9:43 pm

A lo largo de mi (corta) carrera como periodista, he tenido tres primeros días de trabajo. En mi primerísimo primer día , en l’Agència Catalana de Notícies , estaba convencida de que estaría confinada en la redacción durante unos días hasta dominar el complicado oficio del periodista orquesta que allí se estila (cámara, fotógrafo y redactor). En cambio, salí a cubrir una manifestación de Nissan cámara en mano, y aprendí, antes que a escribir un ‘lead’, a esquivar cohetes y petardos.

En mi segundo primer día, en la Agencia Efe, tenía la vaga sospecha de que me tratarían como el tópico dice que se trata a los becarios en las grandes empresas. Pero no. En lugar de pasar notas absurdas y enviar faxes (sí, todavía se estilan en Efe), fui a una rueda de prensa.

Hoy (técnicamente, el pasado domingo, que fue cuando lo escribí) ha sido mi primer día en la delegación de El Cairo de la Agencia Efe, y aunque es la misma empresa, tiene sin duda categoría de primer día. A pesar de las experiencias anteriores, esta vez creía que tendrían compasión de mí y me dejarían una semana para adaptarme al ajetreo demencial de esta ciudad antes de hacerme salir a la calle.

Y no. Nada más entrar por la puerta, Jorge me ha avisado que hoy tocaba salir: 286 turistas españoles atrapados en el aeropuerto durante casi dos días son noticia. He salido a la calle con tres móviles, una grabadora, libreta, bolígrafo y ganas de comerme el mundo o, en su defecto, los cuatro bollitos de langoniza que me he hecho por la mañana.

De camino hacia el aeropuerto –en taxi- me he topado con un espectáculo de lo más curioso. Exactamente cada diez metros de mi entrañable autopista 26 de Julio había apostado un hombre a cada lado de la carretera, más uno en la mediana. Su aspecto no daba lugar a dudas: físico de armario, trajes oscuros de buen corte, gafas de sol y walkie-talkie en la mano.

Ante mi incredulidad, el espectáculo se ha prolongado a lo largo de la treintena de kilómetros que separan el barrio de Zamalek del Aeropuerto. Mi estupor ha ido en aumento cuando me he dado cuenta de que en todos y cada una de las azoteas de edificios adyacentes había como mínimo un hombre oscuro mirando a la calle.

Desde el asiento delantero, el taxista se reía ante mi cara de sorpresa y, deduciendo que en este patio soy la novata me ha aclarado: “Pasa el presidente”. Al parecer, el todopoderoso presidente egipcio, Hosni Mubarak, ha tenido hoy la bondad de desplazarse al (o desde) el centro de la ciudad desde (o hacia) su residencia, en la exclusiva zona residencial de Heliópolis.

El Cairo tiene 6,7 millones de habitantes y su área metropolitana más de 24. Qué hace toda esta gente la primera pregunta que a uno le viene a la cabeza. Supongo que una parte de la respuesta está en lo que he visto hoy. El resto lo sospecho, pero lo dejaremos para otro día, que tampoco quiero aburrir.

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40 kilos

In Barcelonosi, Cairotades on 07/01/2011 at 9:36 pm

20 de maleta (grande), 12 de maleta (pequeña), 6 de mochila y 2 de portátil. Total: 40 kilos.

Dos días de hacer, deshacer y rehacer maletas dan para mucho y he llegado a una conclusión. Ni “ni-nis” ni hostias, los jóvenes de hoy en día somos buenos haciendo maletas. Tras decenas de viajes con Vueling, EasyJet o la inflexible Ryanair, hemos desarrollado la habilidad de sortear las restricciones de peso en el equipaje de las compañías aéreas para llevar en las maletas lo que nos da la gana.

No voy a negar que el estilo de mi madre y mi padre –por poner un ejemplo- es impecable: los zapatos al fondo, las camisetas bien dobladas y la ropa interior separada del resto. Pero lo siento, las nuevas técnicas pasan por arrebujar la ropa en bolitas del tamaño de una pelota de tenis y por meter los cables en los calcetines para que no abulten.

Cuando el exceso de peso es irremediable, unas capas de ropa de más suelen ser la mejor solución. Aunque claro, para las chicas con un poco de morro, siempre existe la posibilidad de ligarse a un chico en la cola de facturación y enchufarle un par de kilillos en su maleta. Os parecerá inverosímil, pero sé de quien lo ha hecho.

Y a pesar de nuestra habilidad de embuchar cosas en maletas, siempre hay algo que se queda en tierra. En mi caso: mi cometa, un libro gordísimo de Onetti y unas sandalias muy cómodas, pero que huelen fatal. Por razones culturales y de temperatura, también he abandonado los vestidos cortos, los shorts, los pantalones gruesos y las bufandas.

A cambio, se vienen conmigo: dos cámaras digitales, las fotos que mis amigos y mi familia me han regalado, más cien extra que revelé yo, mis libros imprescindibles –“Capitán Blood”, “El petit príncep” y los “Cien poemas de amor”- y un par o tres de pañuelos para llevar sobre las camisetas de tirantes en los días más calurosos -no para taparme el pelo, ¡eso sólo lo hacen algunas mujeres musulmanas!

Así equipada, yo y mis 40 kilos nos subimos al avión de Egyptair que debería dejarnos en tierras egipcias sobre las 19:30, hora local. Inshallah, porque allí donde voy, todo puede pasar y nunca nada es cien por cien seguro.