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El día después

In Cairotades on 11/10/2011 at 11:27 am

Toda noticia gorda tiene un día después. Cuando la noticia llega a la redacción, suelen sucederse la sorpresa, el desconcierto y el caos; pero la cobertura del día después suele ser de manual.

Quienes estuvieron en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 cuentan que les ayudó a superar el trauma el poder estructurar la enormidad de lo que había pasado en un titular y párrafos con frases que comenzaban por mayúscula y terminaban en punto.

El día después de la muerte de decenas de personas en los enfrentamientos en Maspero, el edificio de la radiotelevisión egipcia, la cobertura estaba cantada: visita al Hospital Copto, donde están ingresados la mayoría de los más de 300 heridos, e incursión a la catedral en Abasseya, donde por la tarde se celebró un funeral multitudinario.

Con la orden clarísima de salir por patas al primer signo de la presencia de ‘baltagueya -los matones que, armados con palos y cuchillos, hicieron estragos la víspera en Maspero-, Belén y yo nos fuimos derechas al Hospital Copto.

El de ayer no fue mi primer día después, pero lo que vi en el hospital me heló la sangre. A las puertas del centro médico se arremolinaban decenas de manifestantes alzando cruces de madera y pidiendo la caída del mariscal Husein Tantaui, el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. “Con nuestra sangre, con nuestra alma, defenderemos la cruz”, gritaban.

En el interior del hospital el panorama era desolador. Mujeres mayores –madres, tías, abuelas- vestidas de negro esperaban a que aparecieran los ataúdes vacíos etiquetados con el nombre de cada uno de los 17 coptos cuyos cuerpos estaban todavía en la morgue.

Los gritos desesperados de unas se confundían con el lamento agotado de otras y al caminar entre ellas uno no sabía qué era peor, si eso o el silencio de las que permanecían apartadas con la espalda contra la pared y la mirada perdida en el vacío.

Las lágrimas en los ojos de los hombres, los sollozos ahogados contra el hombro de un compañero, de un padre o de un hermano. El susto en la mirada de los más jóvenes, a quienes un solo instante arrancó de golpe un amigo y la convicción pueril de que la vida es para siempre.

Deambulando por el hospital con un nudo en la garganta, los ojos abiertos de par en par y el corazón encogido, se me antojó mucho más fácil ponerme a abrazar a la gente y velar los ataúdes vacíos que sacar la grabadora y la cámara. Cuando Belén y yo lo hicimos, la tragedia se convirtió en la noticia y descubrimos que la gente tenía ganas de hablar.

Ayer los coptos querían contar que tanques del Ejército habían arrollado a sus seres queridos, que los ‘baltagueya’ les habían acuchillado y que lo que contaba la televisión pública no era verdad. Que no era verdad que ellos fueran armados con armas de fuego y cóctels molotov, que les atacaron y que ellos no comenzaron la refriega.

La verdad, como siempre en este oficio y más cuando se practica en Egipto, se esconde en un tarro de cristal empañado y, por más que uno pegue el ojo, el interior nunca se ve con claridad.

que compañeros periodistas que estuvieron en Maspero la noche del domingo se vieron rodeados por una multitud amenazante armada con palos y cuchillos que no pertenecía a los manifestantes coptos. que escaparon gracias a los mismos manifestantes, que trazaron un cordón de seguridad a su alrededor arriesgando así su propia integridad. que hay heridos con las piernas destrozadas porque una tanqueta les pasó por encima. que hay vídeos de esto que la televisión pública evitó transmitir a pesar de que sus cámaras se encontraban en el edificio ante el que se manifestaban los coptos. que hay familias que miran desoladas los cadáveres destrozados de sus seres queridos y claman al cielo porque la autopsia dice que fallecieron de un ataque al corazón. que hay gente en Twitter que dice que el Ejército lanzó cadáveres al Nilo. que a la iglesia copta le conviene inflar el número de víctimas y por eso nadie sabe seguro cuántos murieron la noche del domingo.

Sé todo esto y sigo tan perdida como el resto de las veces que pasan este tipo de cosas en Egipto. No tengo ni idea de qué, ni para qué, ni quién, ni porqué ahora. Pobre Egipto.

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Ramadán a la egipcia

In Cairotades on 30/08/2011 at 4:04 pm

Afronto la recta final del ramadán con sentimiento de culpabilidad. Me he portado fatal: durante un mes he vivido de día y he dormido de noche. Llegué tarde al único iftar (comida para romper el ayuno) al que asistí. El que hice en mi casa comenzó a las 9 de la noche (deberían empezar a las 6.30) y no sólo faltaron los tradicionales dátiles sino que abundó el cerdo y corrió el alcohol a borbotones.

El domingo conseguí vencer la pereza que me daba no dormir y decidí vivir la última noche del ramadán a la egipcia.

16:00 h: Mustafa y Hannan, mis profesores de árabe en España, que se encuentran de vacaciones en Egipto, me invitan al iftar en su casa. Cuando ya he aceptado me doy cuenta de que llevo todo el día comiendo (y no precisamente poco) y otra cosa no, pero en el iftar hay que comer.

17.30 h: Mierda. Me he dormido y llego tarde. Si algo NO se puede hacer es llegar tarde al iftar, los anfitriones llevan todo el día sin comer ni beber nada. Hacerles esperar es descortés y este ramadán ya me han reñido una vez por tardona. En un tiempo récord consigo lavarme la cara, vestirme, comprar halauiyat (dulces árabes) y correr hacia el metro.

18.30 h: En casa de Hannan y Mustafa rompemos el ayuno como manda la tradición; comiendo exactamente tres dátiles. Luego atacamos la sopa de ‘lenguas de pájaro’ (un tipo de pasta de forma similar a los piñones), el arroz con molojeya, las fesulia con salsa roja Luego llegan la tertulia, el te y los halauiyat, los dulces árabes.

21.30 h: Corro hacia casa. Cojo la camarita de Efe y vuelvo a salir. Voy a Giza, donde me espera Ali, mi amigo egipcio que en las últimas semanas se ha convertido también en mi fixer. Como buen fixer, Ali me ha buscado un contacto para la entrevista que necesito hacer y, además, me ha encontrado un chófer. Así que Ali, el chófer (un amigo suyo), yo y el coche con más parches en la carrocería que he visto nunca nos adentramos en Giza.

23.30 h: El entrevistado no ha llegado. La última vez que hemos hablado con él nos ha asegurado que tardaría una hora. Ali asegura que la hora es en egyptian time. Es decir, entre una hora y tres días reales.

00.30 h: Llega el entrevistado y procedemos. Hacemos la entrevista en plena calle y con todo el barrio de público. Los egipcios son el pueblo más cotilla de la capa de la tierra.

02.00 h: Con el grupillo de amigos nos dirigimos al barrio popular de Saida Zeinab, habitado durante siglos por cairotas de clase humilde. Las calles están a reventar de gente. Familias enteras, parejas y grupos de amigos comen y beben en los cafés y los restaurantes callejeros del barrio. Nosotros nos sentamos en el epicentro del barullo: el restaurante Gahsh.

La tropa se dispone a hacer los honores de un suhur (primera comida antes del ayuno) a la egipcia, con centenares de platillos de los que todo el mundo come con las manos. La camarita y yo recorremos las calles de Saida Zeinab. Por primera vez desde que estoy en Egipto reúno el valor para sentarme con desconocidos en los cafés baladí –donde sólo van hombres- y charlar con ellos en mi árabe cutre.

Revalido mi adoración hacia este pueblo desinteresado y hospitalario por naturaleza. Como siempre aquí, a pesar de que mi intención era hacer muchas entrevistas cortas para un tema sobre la noche cairota en ramadán, termino cediendo ante la lógica egipcia. En realidad, no tengo más opción. Mesa a mesa, todos me obligan a sentarme y a tomar un te con ellos. Y sin rechistar. Al cuarto te mi vejiga y yo decidimos que ya tenemos material suficiente y nos retiramos ante las miradas divertidas de los parroquianos. A estas horas nos conoce todo el mundo.

03.30 h: Emprendemos la retirada mientras suena en el aire la primera oración del día, la que marca el principio del ayuno. En las calles, la gente se apresura para regresar a sus casas y arañar algunas horas de sueño antes volver al trabajo.

04.00 h: Me meto en la cama.

07.45 h: Me despierto destrozada pero  consciente de que tengo clase de árabe a las 9 y no he hecho los deberes. Mientras me doy una ducha caigo en la cuenta de que en realidad mi clase de árabe es mañana. Solía ser los lunes pero me la cambiaron a los martes. Mi cerebro parece no haberlo entendido y hace tres semanas que cada lunes me planto puntualmente en la escuela con los deberes sin hacer. Hay cosas que nunca cambian.