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Al Baradei llega a Egipto… o cómo sobrevivir a un canutazo salvaje

In Cairotades on 27/01/2011 at 10:05 pm

Buscando a Wally/Laura en un canutazo salvaje. Sí, sí, estoy ahí. (Foto EFE)

El premio Nobel de la Paz y ex director del Organismo Internacional de la Energía Atómica, Muhammad Al Baradei ha llegado a Egipto. El mundo lo ve como la solución ideal para un país lleva treinta años bajo el yugo de Hosni Mubarak y sobre el que se cierne ahora la amenaza del islamismo. Cultivado, con un premio Nobel en el bolsillo, buenas relaciones con Estados Unidos y un aire de hombre afable, Al Baradei podría ser el candidato perfecto. Sólo tiene un defecto: Egipto no lo quiere.

Los egipcios le reprochan –con razón- que prefiera vivir cómodamente en Viena en lugar de ensuciarse con el polvo egipcio. El Baradei actualiza su Twitter a cada rato, pero no estuvo aquí para protestar en las pasadas elecciones parlamentarias. Ahora, llega a El Cairo tres días después del Día de la Cólera y nada indica que mañana vaya a salir a la calle y se enfrente a la policía junto a los demás manifestantes.

El salvador de Egipto mantiene hacia su gente una actitud paternalista con dejes de superioridad. “Si la gente lo quiere, y sobre todo los jóvenes, puedo dirigir la transición. No les voy a dejar en la estacada” declaraba hoy en Viena antes de subir al avión. Gracias, hasta ahora y sin ti, los egipcios sólo han comenzado una revolución.

Cuando sale de la terminal, una nube de periodistas de todo el mundo le espera expectante. Alguien aplaude discretamente y los periodistas comenzamos a perseguir a la presa. Lo rodeamos enseguida; esa es la parte más fácil. Cada uno empuña su grabadora con resolución y con un solo objetivo: que suelte una frase que nos de el titular.

La batalla es encarnizada: pisotones, codazos y puñetazos lanzados a discreción para conseguir acercar la grabadora a la boca de la víctima. Bienvenidos al duro mundo de los canutazos.

A la lucha habitual, la que ya conozco, se le unen dos novedades. El primero es el número, que modifica radicalmente las condiciones de comodidad y equilibrio del periodista atrapado en la marabunta. El segundo es, por supuesto, Egipto. La modalidad árabe del canutazo es como la española sólo que mucho más salvaje y mucho más ruidosa. La lucha es sin cuartel y la integridad física de Al Baradei o la nuestra propia descienden rápidamente a la cola del ránking de cosas importantes en ese momento.

En pleno forcejo, con todos los medios de comunicación del mundo literalmente a sus pies y –no lo olvidemos- tras haber hablado en Viena, el salvador de Egipto decide que no quiere hacer declaraciones. Cuando lo anuncia, se levanta un clamor de ira entre la melé. Lanzamos aullidos en todas las lenguas que conocemos; primero le pedimos que hable y, cuando vemos que no funciona, nos acordamos de su madre.

Tras veinte metros –increíblemente dolorosos- de hacerse rogar, decide que vale, que va a decir algo con la condición de que le dejemos espacio para respirar. La petición nos parece lógica, entre otras cosas porque su mujer, junto a él, está a punto de ser una víctima colateral del conflicto. (Pero bueno, ¿qué esperaban? Esto es Egipto).

Al Baradei habla durante unos diez minutos, primero en inglés y luego en árabe. Muy indicativo de por dónde van los tiros. En mi opinión, pierde su oportunidad de oro para comenzar a perfilarse como líder del cambio y presentarse a todos los egipcios como una verdadera alternativa. Su discurso, cuando lo escucho más tarde en el coche, suena tibio y forzado. De nuevo, es una opinión.

Cuando acaba de hablar, la melé se deshace. Compruebo que mi mano todavía está pegada a mi cuerpo, que ninguna de mis costillas se ha quebrado durante el rato que he estado aplastada entre la enviada especial de TVE, Rosa Molló, y una pobre chica egipcia. Me presento a Molló (nunca se sabe) y busco a Fran, mi predecesor en Efe que estos días está triunfando con crónicas geniales en El Mundo y en El Comercial de Perú.

Me llama Agustín. Quiere la idea principal para lanzar una alerta. Le digo que no me he enterado de nada pero que lo tengo grabado, que me de dos minutos. Vamos con Abdu hacia el coche y Fran y yo nos sentamos en el asiento de atrás. En la primera frase de la grabación, Al Baradei dice “el cambio es inevitable”. Me llama Agustín: que le diga lo más importante ya. Cruzo los dedos y le digo “el cambio es inevitable”. Me llama dos minutos después: que le diga dos frases para el avance. Le digo las dos frases que me ha dado tiempo de escuchar y sigo con lo mío. Cinco minutos después volvemos a hablar y le canto el resto para la ampliación.

Abdu, el chófer de Efe, está contento porque ha visto a Al Baradei e incluso le ha sacado una foto con el móvil. A diferencia de otros egipcios, que ni siquiera sabían que hoy venía, cree que podría ser el nuevo presidente: “Cualquiera menos Mubarak”. Mientras Fran se comunica con Alemania y Madrid al mismo tiempo y yo le grito los ‘quotes’ a Agustín, Abdu, que ha sido espectador privilegiado de la batalla previa, se ríe como un loco desde el volante: “Journalists are crazy”.

Nota: ya empieza a ser una constante estos días, pero sobre las 11 de la noche en El Cairo, no tengo acceso a Twitter y no puedo linkaros con la cuenta de Al Baradei. No consigo realizar búsquedas en Google por lo que tendréis que esperar a mañana para ver las crónicas de Fran y la previ que he firmado hoy junto con Marina (ella la ha escrito, yo sólo he ido al aeropuerto).

Nota para mi familia y amigos: cada vez que intento acceder a Gtalk, Gmail, Hotmail o Facebook, mi conexión a Internet muere. Crucemos los dedos para que Mubarak no descubra que WordPress también puede ser subversivo.

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El Cairo huele la revolución

In Cairotades on 25/01/2011 at 8:52 pm

Hoy fue el día de la revolución en Egipto. Desde hace días, los internautas habían calentado Twitter y Facebook con la convocatoria de una movilización similar a la del 14 de enero, que consiguió echar del país al ya ex presidente tunecino, Ben Ali. Paradójicamente –o no-, la convocatoria ha coincidido con el Día de la Policía, que es festivo. Y a fe que los manifestantes les han dado el día.

Sobre las 11, Jorge y yo cogemos un taxi para tomar la temperatura de los que serán los puntos calientes de la ciudad. Antes de salir, Agustín nos da una batería de consejos: “ir siempre juntos; si sacáis la cámara, que uno grabe mientras el otro vigila que no venga la policía; guardaos el carné de prensa en el bolsillo del pantalón porque si la policía os detiene y os quita el bolso, no os podréis identificar”.

Desde el taxi, nada hace pensar que horas después pasará lo que ha pasado. La presencia policial en las calles es desmesurada. Decenas de furgones y centenares de antidisturbios y secretas son casi los únicos transeúntes de unas calles inusualmente desiertas. La Universidad de El Cairo, la calle Gamet al Dowal, la plaza Tahrir, el Parlamento y el Ministerio del Interior están cercados.

Ya a pie, cruzamos la plaza Tahrir, que en árabe significa “liberación” y que sería el equivalente a la plaza Catalunya de Barcelona. A medio camino nos para un hombre bajito vestido con un uniforme marrón de barrendero y nos pide la documentación. Es un secreta.

Luego nos dejamos caer por lo que Jorge llama “el triángulo de la muerte”, el espacio donde convergen el Sindicato de Periodistas, el Colegio de Abogados y los Juzgados. En esta zona se concentraron la mayoría de movilizaciones en 2005 y las de hoy han empezado también aquí.

Al llegar, vemos más curiosos que manifestantes, más periodistas que curiosos y más policías que periodistas. Una decena de egipcios pide “iaskut, iaskut, Hosni Mubarak” (que caiga, que caiga, Hosni Mubarak) rodeados por un grueso cinturón de policías. A lo alto de unas escaleras, un agente con pinta chulesca apunta algo en un papel mientras mira detenidamente a los vociferantes a sus pies.

A la carrera, seguimos a un grupo se desengancha hasta la plaza Tahrir. Hosni Mubarak nunca ha dejado a sus ‘súbditos’ que se manifiesten allí, pero la gente entra casi sin problemas. Les espera otro grupito que les aclama con gritos y aplausos. Los policías siguen siendo más numerosos, pero los manifestantes ya suman doscientos.

Tras algo de forcejo con la policía, el pelotón se dirige al barrio popular de Shubra. Desde las aceras, los tenderos contemplan escépticos a los manifestantes mientras estos gritan: “Uno, dos, dónde está el pueblo egipcio?!” (en árabe rima).

Se dirigen de nuevo a los juzgados y ya son más de trescientos. Una fuente privilegiada de Efe nos chiva que hay entre doce mil y quince mil personas en Dokki (mi barrio!). No nos lo creemos, pero por si acaso cogemos un taxi con otro periodista del diario egipcio Shuhur que ha decidido convertirse en nuestro amigo.

Llegamos a la zona, todo está tranquilo y el periodista egipcio intenta convencernos para que subamos a la redacción a tomar un te. “Sólo un cuarto de hora”. Tardamos diez minutos de reloj en convencerle que estamos en horario de trabajo y que, técnicamente, hoy es el día de la revolución. Gruñe y nos sigue a regañadientes.

Finalmente encontramos a los manifestantes ante el hotel Sheraton Cairo. Son las cuatro de la tarde y hemos comido una bolsa de cacahuetes y un bollo de chocolate. No puedo parar de pensar en el tupper de ensaladilla rusa que he dejado en Efe.

Los manifestantes que se han concentrado en distintos puntos de la ciudad a lo largo del día comienzan a converger en una larga serpiente multicolor que ya supera el millar de personas. La policía intenta parar la marcha sin mucho éxito ni muchas ganas y unos grupos siguen juntándose con otros en su camino hacia el centro.

Son casi todos jóvenes, casi todos hombres y casi todos parecen de clase media-alta. Jorge me lo confirma: nunca antes han vivido una manifestación así de multitudinaria y las calles polvorientas de El Cairo no veían algo así desde los tiempos de Sadat (1970-1981).

El ambiente es festivo y los jóvenes, con el móvil en la mano para actualizar Twitter y Facebook (están que arden), caminan al grito de: “Tunis, Tunis, Tunis”.

Abandono la marcha en mitad del puente del 6 de Octubre para subir a la agencia y comenzar a montar el vídeo (sí, mi primera experiencia con la camarita!). Los manifestantes, que ya son entre tres y cuatro mil, siguen hasta la plaza de Tahrir y se unen a los que ya estaban allí. Jorge vuelve contando que las comunicaciones por móvil se han cortado en esa zona de la ciudad pero que la gente está decidida a acampar en la plaza durante toda la noche. Veremos qué pasa.

Esta es la crónica (algo larga, lo siento) de una jornada que todos empezamos con escepticismo y hemos acabado con expectación. No mucha, pero algo sí. “En el mundo árabe, diez manifestantes serán muchos”, “no tienen un lideraje claro y a la vez les falta espontaneidad para la revolución”, “irán todos a comprar zapatos y luego dirán que han salido a la calle”. Eso decíamos esta mañana. Falta ver qué pasa en los próximos días.

Al final del día, los egipcios no han hecho la revolución, pero un puñado de jóvenes nada representativo (El Cairo tiene unos 20 millones de habitantes) ha sentido hoy la euforia de poder ocupar las calles y gritar consignas en libertad. Aunque es más que probable que Mubarak haya aflojado sólo un poco la correa para no tener que acabar cogiendo un avión a Arabia Saudí como Ben Ali.

En todo caso, hoy he firmado una previsión con mi nombre y mis dos apellidos (junto con Jorge, claro!) y eso se merece una cerveza. Aunque sea en un país donde no venden alcohol. Me voy a ver qué hay en la nevera.

PD: al cierre de esta edición, el acceso a Twitter está bloqueado, pero Facebook todavía funciona.