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In Uncategorized on 05/11/2012 at 4:15 pm

Mi Cairo está hecho de cosas que odio o amo, sin término medio

El Cairo está hecho de cosas que odio y amo sin que en todo este tiempo haya sido capaz de encontrar un término medio. A veces el sentimiento es exclusivo, pero no es raro que amor y odio converjan en una misma cosa.

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Ser egipcio

In Uncategorized on 19/12/2011 at 12:48 am

De nuevo los alrededores de Tahrir tienen más aspecto de campo de batalla que de calle. La calzada está cubierta de piedras y en el aire se mezclan el olor a orines y el de los distintos humos. Y ninguno es el de los coches. El humo penetrante de las tiendas calcinadas de los acampados, el humo ácido de los hornos caseros donde los vendedores ambulantes asan boniatos y el humo asfixiante del gas lacrimógeno. (Apunte: hoy este último está ausente, pero reconozco que los cascotes y los manifestantes tienen en mí un efecto proustiano y llevan a mi nariz el olor a gas de forma inmediata).

En esta ocasión el lío no está en Tahrir, sino en las calles aledañas de Qasr al Aini y Sheij Rihan. Al llegar allí, se nos acerca un ‘manifestante’ (últimamente es difícil distinguir entre activistas, curiosos y matones infiltrados) agitando la portada del periódico revolucionario Al Tahrir.

“Welcome back!”, grita al darse cuenta de que somos periodistas. A mi me entra la risa porque la escena tiene algo de ritual. Las fuerzas de seguridad atacan a los manifestantes o viceversa. Ambos se lían a pedradas durante unos días. Acuden los periodistas a meter las narices mientras voluntarios montan hospitales de campaña, se paraliza el tráfico en la zona, la Bolsa cae en picado, hay un atentado en el gasoducto del Sinaí, los palestinos aprovechan para reunirse mientras nadie mira y al final los militares aseguran que juzgarán a los culpables de las palizas a los manifestantes sin que nadie se los crea.

La diferencia es que en esta ocasión se han pasado. Lo dicen los ojos de nuestro manifestante espontáneo y los de quienes lanzan piedras sin cesar contra los hombres apostados en las azoteas de los edificios del complejo del Gabinete de Ministros.

La respuesta está en la portada de Al Tahrir. En la fotografía, que se ha publicado en numerosos medios de comunicación, agentes de la llamada Policía militar rodean a una joven a quien han tirado al suelo y han levantado el velo dejando ver sin resquicios su torso semidesnudo y su pecho, cubierto solo por un sostén azul.

En la fotografía no se ve, pero en un vídeo que ha corrido como la pólvora por las redes sociales, los agentes patean su cabeza repetidamente y uno de ellos se ensaña a golpes de bota con su pecho mientras otro se ríe.

A pesar de que la paliza que recibe la joven es brutal (aviso para los que todavía no hayáis visto el vídeo), lo que ha encendido los ánimos de los egipcios no son los golpes. Lo que les ha hecho bullir la sangre es el hecho de que la policía comandada por la Junta Militar se haya atrevido a arrancar el velo a una joven y haya expuesto su cuerpo desnudo al mundo. Este no es solo un ataque a su esternón o a su cabeza. Es una afrenta sin nombre a su dignidad, a su honor y al de su familia. La ofensa no es al sentimiento patriótico de los egipcios, ni a sus ideales políticos. Es una estocada a la identidad egipcia, a lo que significa ser un ciudadano del país del Nilo.

El efecto recuerda al que tuvo durante la Revolución del 25 de Enero el vídeo de los camiones policiales rociando con mangueras de agua a presión a un grupo de manifestantes que rezaban en el puente próximo a Tahrir en lo que se conoció como la batalla de Qasr al Nil. Ese día y contrariamente a todo lo que dicta el sentido común, más y más manifestantes se unieron a quienes rezaban mientras en casa los egipcios que todavía no habían salido a las calles se revolvían de furia y horror al ver lo mismo que han visto estos días: que el ataque del régimen (entonces de Mubarak, ahora de los militares) no es a los activistas sino a todos los egipcios.

Todo esto me recuerda siempre a mi amigo Mohamed, al que un día quiero dedicarle un post. Mohamed es un chico bastante pacífico al que le gusta la poesía y que disfruta con los versos del Corán. Durante los disturbios del pasado mes de noviembre, su hermano pequeño resultó herido cuando una bala le rozó la frente. Mohamed, que no había vuelto a Tahrir desde la caída de Mubarak en febrero, juró que volvería a la plaza a cargar contra los agresores.

He olvidado si finalmente lo hizo porque, como la mayoría de los egipcios, Mohamed trabaja catorce horas diarias sin descanso. Lo que no he olvidado son sus palabras y la determinación en su mirada mientras hablaba.

“Laura -me dijo-, me da igual por qué están ahí los activistas, casi han matado a mi hermano. Voy a coger a mis amigos y mis amigos van a coger a sus amigos y todos vamos ir a Tahrir porque están matando a los de nuestra sangre. Y lo que no entiende la Junta Militar es que si golpeas una vez a un egipcio, el egipcio te devuelve el golpe dos veces. Y no nos importa morir. Nosotros somos más y ellos caerán antes”.