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El Corte Inglés

In Uncategorized on 24/01/2012 at 12:25 am

Ya estoy de vuelta en Egipto y he decidido redecorar mi vida. En realidad, mi condición actual de periodista freelance en el limbo me ha venido de perlas para hacer todas las cosas que tenía pendientes.

En España, la gente ahoga sus ataques de hiperactividad decorativa en Ikea o, si no hay mucho presupuesto, en los chinos de la esquina. En Egipto, en cambio, tener muchas cosas que comprar y muy poco presupuesto solo puede significar una cosa: una visita al Corte Inglés, más conocido entre los egipcios como Al Tawheed ua Al Nur.

Siempre me planto ante los escaparates hiperiluminados de este establecimiento con una sensación de desconcierto. Mi subconsciente europeo reconoce algunas cosas: maniquíes, género expuesto, gente que entra y mira. Todo lo demás es desconcertante.

Aunque la mayoría de establecimientos del Tawheed tienen varias plantas, todavía no he visto ninguno de ellos dotado de escaleras mecánicas o ascensores, por lo que todos los productos suben y bajan por las mismas escaleras centrales por las que los clientes acceden a las distintas secciones casi sin resuello. Y no estamos hablando solo de camisetas, sino también de armarios, camas y sofás.

En la tienda, propiedad del grupo islamista de los Hermanos Musulmanes, suena constantemente una voz que recita versos del Corán en tono monótono. Durante las horas del rezo, el volumen sube hasta niveles tan absurdos que la comparación con Bershka es inevitable.

Los dependientes, cuya simpatía por los Hermanos Musulmanes es reconocible por la barba crecida que llevan, se afanan de un lado a otro amontonando cajas y atendiendo a la clientela.

El sistema de venta del Tawheed es un tanto único. Encontrar lo que quieres es siempre una aventura y el hecho de que los vendedores ya nos conozcan por el nombre indica que nuestras pantomimas con las manos para explicar lo que queremos han hecho mella.

El vendedor escribe en un papel (con copia carbón) el nombre del artículo y su valor. Es necesario hacer un papel diferente por cada tipo de producto, así que podéis calcular cuántos papelitos os darán si queréis un cucharón, unos calcetines y una silla.

Luego, el comprador obediente y desconcertado abandona sus nuevas adquisiciones con mirada de pena (no falla, en un país como Egipto nunca puedo dejar de preguntarme si el universo nos volverá a reunir) y desciende a la planta baja. Allí, una serie de señores malhumorados suman en una especie de taquillas el total de los papelitos, cobran y devuelven los papelitos. Luego está la sección donde se recoge el género. Basta con dar las hojitas arrugadas tras pasar por quince manos para que los dependientes hagan entrega de la compra que previamente han bajado –recordemos, por las escaleras- otros vendedores.

A pesar de las apariencias, el Tawheed es popular porque es barato y funcional. En sus establecimientos sorprendentemente limpios y espaciosos –algo no siempre común en Egipto- se puede comprar todo, aunque nadie se libra de lo horteras.

Cuando Lucy quiso una lámpara de mesa para su habitación, el dilema estuvo entre escoger la de color rosa con bisutería de plástico dorado y transparente colgando de la pantalla o la roja y negra satinada en forma de caña de bambú. Elegimos la segunda.

Dorados, rosas, flores, floripondios, terciopelos, plástico brillante. El Tawheed es sin ninguna duda un templo de lo hortera y lo kitsch. Pero qué sería un piso egipcio sin lámparas doradas que ni tu abuela se atrevería a poner y terciopelos que no encontrarías ni en los más sórdidos meublés del boulevard de Clichy?

En realidad, una visita al Tawheed ayuda a entender mejor cómo funciona este país y por qué los Hermanos Musulmanes son tan populares. ¿Me he vuelto islamista? No. Entonces ¿porqué voy a comprar casi compulsivamente a sus centros comerciales?

Mi respuesta, como la de muchos egipcios es sencilla: está limpio, está ordenado, es barato y responde a mis necesidades. Estos cuatro requisitos deberían ser obvios en cualquier establecimiento de cualquier tipo, pero si esto fuera así, Egipto no sería Egipto. Sería otra cosa.

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De domingo a viernes

In Cairotades on 23/01/2011 at 1:31 am

Los 60 minutos de cada hora, las 24 horas de cada día, los 7 días de cada semana, las 52 semanas de cada año durante las últimas cuatro décadas. Que el caos de El Cairo es perpetuo y aumenta de forma exponencial con el paso del tiempo, eso lo sabe todo el mundo. Pero es bueno recordar que en medio de este ajetreo perpetuo, hay siempre unas horas de tregua, un solo día a la semana, en que la ciudad funciona a medio gas.

Es el viernes, el día de la oración para los musulmanes. Ése día, los coches desaparecen de las calles, el asfalto se cubre de alfombras y los musulmanes aparcan sus jornadas de trabajo maratonianas para salir a rezar.

Ése día y sólo ése día, los ateos, los agnósticos y los demás desarrapados que nos paseamos por la ciudad sin un dios a quien pedir protección cuando cruzamos Midan Tahrir, nos acordamos de Alá y le damos las gracias por la tranquilidad que se respira en las calles.

Quienes lo vieron, cuentan que en días así El Cairo vuelve a ser como en los años sesenta, cuando la consideraban la perla del Nilo, el París de África y la ciudad más bonita del continente.

En aquél Cairo, los palacetes y las villas salpicaban la orilla del Nilo y el ambiente era similar al de cualquier ciudad civilizada. La flor y nata de la nobleza europea se instalaba al calorcillo agradable del invierno egipcio rodeada de todos los lujos. A la vez, seducidos por el hachís y el halo exótico que rodeaba la idea del harén, Flaubert y Nerval jugaban a ser Aladín o a buscar los tesoros de Alí Baba en los callejones del viejo Cairo.

Yo, por mi parte, comienzo mi primer viernes cairota con un buen sobresalto. Abro los ojos a las siete de la mañana y tardo unos minutos en darme cuenta de que es el silencio lo que me ha despertado. Al final, recuerdo que es viernes, lanzo un grito de felicidad, doy gracias a Alá y vuelvo a dormirme.

Alá sólo nos concede un viernes cada semana y hay que aprovecharlo. Como es un bombón de los buenos, cada uno tiene su manera de saborearlo. Por ejemplo, los americanos, con su obsesión por el deporte y la salud, han organizado un grupo de ciclistas que aprovecha las calles vacías para rodar sobre el asfalto sin riesgo de sufrir atropellos.

Yo no tengo bici, así que opto por salir a descubrir cómo era El Cairo en los sesenta. Cojo el metro y consigo llegar a Jan el Jalili sin perderme. En el mercado más antiguo y más bullicioso del mundo, la actividad queda reducida a la mitad. Esto me permite pasearme, charlar en árabe-indio con los artesanos y adentrarme en los callejones menos turísticos.

Luego, me doy un festín en el café Riches, que es la viva imagen del Rick’s Café Américain de Casablanca. Nasser y los Oficiales Libres, que derrocaron al rey Faruk y convirtieron Egipto en una república, solían mantener sus reuniones clandestinas en este local.

Mitos aparte, el Riches es la combinación perfecta: sirven comida egipcia y se puede consumir alcohol. Entre la clientela hay bastantes occidentales, pero suficientes egipcios como para que uno no se sienta en Disneylandia. Además, de las paredes cuelgan postales con fotos de la ciudad en la primera mitad del siglo XX y esto contribuye a ambientar mi viaje al pasado.

De vuelta a casa, camino por las aceras y cruzo las calles sin temor a morir atropellada. De nuevo, doy gracias y coincido con los musulmanes en que Alá es grande. Tiene que serlo, porque echarle el freno a esta ciudad no debe ser fácil.

Llego destrozada, pero decidida a repetir cada viernes los paseos, las comidas en el Riches y las tardes de mercado y siesta.

Declaro oficialmente que a partir de ahora los domingos son los viernes.