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El día en que Egipto perdió la inocencia

In Cairotades on 04/02/2011 at 10:22 am

El día en que Egipto perdió la inocencia, la perdimos también todos los que estábamos allí.

Antes del 25 de enero, de los egipcios sabíamos que son gente deliciosamente afable que combatían el caos absoluto de su capital tomándose las cosas con calma extrema, pasando las tardes entre sorbos de te y pipadas de shisha. Nos reíamos porque proclaman a los cuatro vientos que sus niños son los más inteligentes del mundo. Ciegos a propósito ante la contaminación, el ruido, la suciedad y el desorden, insistían en que su capital es la mejor del universo. Sabíamos que detrás de este orgullo feroz estaba la amargura de un pueblo que sabe que vive en un lugar que se deteriora año a año bajo el yugo de un dictador a quien nadie osaba hacer frente.

El 25 de enero, el 26 de enero, el 27 de enero, el 28 de enero, el 29 de enero, el 30 de enero y el 31 de enero. En siete días Egipto dio un vuelco. En cada una de estas jornadas sus ciudadanos superaron todos los miedos y los complejos y se manifestaron con un furor que nos dejó a todos, sin excepción, boquiabiertos. Día a día, hora a hora, vimos como los egipcios que salían a las calles tomaban conciencia de su capacidad para trastocar un statu quo que había permanecido intacto durante treinta años. Nunca vi la amargura y la vergüenza tornarse en alegría y en orgullo en tan pocas horas.

El Cairo se trastocó por completo. Cuando a las protestas en contra de Mubarak se le unieron las preocupaciones por su integridad, la de sus casas y las de sus familias, los egipcios reaccionaron todos a una. Quiero imaginar que lo que pasó a lo largo de ésa semana despertó la incredulidad, la sorpresa y el temor en todos los que durante décadas les han tratado con la mano firme que necesita y se merece un crío díscolo.

Ellos hicieron frente a un país sin Policía en las calles, sin Internet ni teléfonos móviles, bancos cerrados, gasolina y alimentos escasos y un toque de queda que lo paraba todo a las tres de la tarde. La noche del pasado viernes, miles de presos escaparon de cárceles de todo el país y grupos de saqueadores comenzaron a hacer estragos en las principales ciudades. Aquella noche, los egipcios cogieron palos, barras de hierro, cuchillos y hasta espadas herrumbrosas y se plantaron en las esquinas dispuestos a todo para defender lo que es suyo. Nunca había visto tanta determinación en los ojos de alguien.

A la mañana siguiente, cuando terminó el toque de queda, los muecines utilizaron los altavoces de todas las mezquitas de una ciudad a la que apodan “la de los mil minaretes” y en el aire tronaron palabras de agradecimiento para quienes habían pasado la noche en vela vigilando las calles.

Pocas horas después, más grupos de hombres bajaron a las calles y comenzaron a dirigir un tráfico diez veces menos intenso de lo habitual. Hombres y mujeres se unieron para hacer algo inaudito en esta ciudad: barrer de las calles la arena del desierto y comenzar a amontonar basura.

Una vez expulsada la Policía, tentáculo de Mubarak en todas y cada una de las esquinas de la ciudad, el ambiente en la plaza de Tahrir era el de una victoria dulcísima. El Ejército era más que bienvenido y pronto comenzaron a aparecer las primeras bolsas de naranja y cartones de zumo para los soldados. A su vez, estos prestaron a los egipcios sus vehículos para retirar de Tahrir los camiones de la policía calcinados.

Mientras aumentaba la presencia de prensa internacional en la ciudad, el número de manifestantes crecía día a día y pronto comenzaron a verse, además de hombres, las primeras mujeres y niños en el campamento improvisado del principal nudo de comunicaciones de la ciudad.

Para nosotros, era inevitable terminar pasando un par o tres de horas diarias en la plaza, porque desde allí le tomábamos la temperatura a la revuelta. Hacerle una pregunta a alguien era una apuesta segura para, de inmediato, ser rodeada de una veintena de personas que trataban, todas a la vez, de contar su historia y de hacer valer sus opiniones.

Por la mañana, las familias al completo acudían a Tahrir con capazos llenos de comida, mantas por si hacía frío y pancartas recién pintadas. Por la noche se quedaban los más duros y, sí, también algunas mujeres. Mientras los barrios volvían a establecer sus controles para evitar los pillajes, los manifestantes seguían la retransmisión en directo de Al Jazeera de lo que ellos mismos estaban haciendo a través de una pantalla gigante improvisada a un lado de la plaza. A otro, jóvenes subidos a una tarima y rodeados de altavoces seguían gritando consignas en contra de Mubarak mientras otros les aclamaban desde abajo como a estrellas de rock. Del poste de uno de los únicos semáforos de la ciudad se balanceaba un muñeco ahorcado, metáfora sin matices de lo que todos allí tenían en mente. De golpe, un hombre o una mujer lanzaba un aullido contra el dictador y, secundado por los que estaban a su alrededor, montaba una manifestación espontánea que enseguida se cruzaba y se mezclaba con otra.

Ayer, centenares –o miles, yo no estuve allí- de manifestantes pro Mubarak marcharon hacia Tahrir. Si todo no hubiera acabado como acabó, alguien podría hacer un chiste sobre el hecho de que algunos fueran montados en los mismos camellos, caballos y carros que en tiempos de paz pasean a los turistas a los pies de las pirámides. La imagen del lacayo de Mubarak acudiendo a las pirámides a comprar la voluntad de un puñado de camelleros hastiados tiene su punto.

No tiene mucho sentido recordar lo que allí ocurrió porque lo seguí por televisión, igual que el resto del mundo que no estaba en Tahrir. Pudimos ver las primeras barricadas, las piedras volando, los cócteles molotov y el asalto tan folclórico –y tan triste- con camellos y caballos. Vimos también los heridos y ése hombre mostrando a las cámaras el carné de un policía. Vimos al ejército no hacer nada y vimos Twitter arder de comentarios sobre el caos, el pánico y el horror que se vivía allí abajo.

Como casi todas las noches de esa semana, nos marchamos a casa sin saber qué pasaría al día siguiente, pero con el corazón compungido, un sabor amargo en la boca y la certeza de que aquél día Egipto, su gente y su revuelta habían perdido la inocencia.

 

Actualización: Escribí lo anterior ayer desde el aeropuertor de Fiumicino, en Roma, mientras los secuaces de Mubarak se dedicaban a apalizar y apuñalar periodistas. Hoy Lucy está en Inglaterra, Chris en Chipre camino de París, Philippe en Amán y Verónica y Friedrick en Madrid. Todas las personas que conozco en El Cairo excepto los compañeros periodistas se han marchado porque algunos egipcios ya no se fían de nosotros. Ya no se fían de nadie. Nuestra casa se ha quedado vacía, el balcón se nos llenará de polvo y se nos estropeará la comida de la nevera porque nos marchamos tan rápido que no ha habido tiempo para recoger nada.

Ayer, mientras la emprendía a codazos con la marea de ‘expats‘ que hacía cola en el aeropuerto para volver a sus casas, sentía un nudo en el estómago, un humor negro en el pecho, como se diga. Pensaba en esta ciudad que te atrapa, en mis amigos y mi familia cairota, en mi casa, mi balcón, mis jazmines que están floreciendo y sueltan su perfume al atardecer. En nuestro bauab cotilla que observaba divertido nuestras idas y venidas y que estos últimos días lucía unas ojeras espectaculares y una barba de varios días porque se ha pasado las noches haciendo guardia abajo con un palo de madera entre las rodillas. En las noches en el Cairo Jazz y en el Amici’s y en todas las cosas que todavía no he podido hacer en este país mágico.

Ante la incerteza de no saber qué pasará en los próximos días ni si podré recuperar todo lo que dejo allí, lo único que me pone más triste es pensar que si yo soy barcelonesa, sólo pasé allí tres semanas escasas y estoy con este humor, ¿cómo estarán los egipcios de verdad? Estos días, estoy con ellos.

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Concurso: entra y gana una cena gratis en El Cairo!

In Cairotades on 15/01/2011 at 10:36 am

Queridos amigos / estimats amics,

Tranquilos, todavía no he decidido convertir este blog en una fuente de spam (porque no me pagan por ello, que sino…). ¡Pero sí he decidido hacer un concurso!

Como algunos ya sabréis, mi búsqueda del piso ideal en El Cairo ha tenido varias fases y durante las últimas semanas he sido testigo, por internet o en directo, del dudoso gusto de los egipcios a la hora de decorar sus casas.

Los más sagaces notaréis la pasión inconmensurable de los egipcios por los sofás de todo tipo, color, tamaño y forma. Eso sí, cuanto más horteras mejor. Avanzo que esto tiene una explicación y espero tratar el tema con más tranquilidad otro día. Y si os portáis bien, la afición a poner neveras en los dormitorios vendrá justo después.

De hecho, había pensado hacer aquí una crónica descriptiva sobre sillones tapizados, volutas talladas en madera y espejos chapados en oro -falso-, pero he llegado a una conclusión: Sólo por esta vez, nueve imágenes valen más que seiscientas palabras.

¡Ah! ¡Y el concurso!

Quien adivine con qué piso me he quedado finalmente ganará una cena gratis en El Cairo. Aunque tendrá que pagarse el billete, que todavía soy becaria, ¿qué os pensábais? Podéis dejar vuestras respuestas abajo, en comentarios.

Mama, papa, Marta i Adrià: ho sento, esteu automàticament desqualificats del concurs perquè vosaltres ja heu vist les fotografies del meu nou pis. No val fer trampa i xivar-se, però podeu opinar. A més, a vosaltres us convidaré igualment!