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De domingo a viernes

In Cairotades on 23/01/2011 at 1:31 am

Los 60 minutos de cada hora, las 24 horas de cada día, los 7 días de cada semana, las 52 semanas de cada año durante las últimas cuatro décadas. Que el caos de El Cairo es perpetuo y aumenta de forma exponencial con el paso del tiempo, eso lo sabe todo el mundo. Pero es bueno recordar que en medio de este ajetreo perpetuo, hay siempre unas horas de tregua, un solo día a la semana, en que la ciudad funciona a medio gas.

Es el viernes, el día de la oración para los musulmanes. Ése día, los coches desaparecen de las calles, el asfalto se cubre de alfombras y los musulmanes aparcan sus jornadas de trabajo maratonianas para salir a rezar.

Ése día y sólo ése día, los ateos, los agnósticos y los demás desarrapados que nos paseamos por la ciudad sin un dios a quien pedir protección cuando cruzamos Midan Tahrir, nos acordamos de Alá y le damos las gracias por la tranquilidad que se respira en las calles.

Quienes lo vieron, cuentan que en días así El Cairo vuelve a ser como en los años sesenta, cuando la consideraban la perla del Nilo, el París de África y la ciudad más bonita del continente.

En aquél Cairo, los palacetes y las villas salpicaban la orilla del Nilo y el ambiente era similar al de cualquier ciudad civilizada. La flor y nata de la nobleza europea se instalaba al calorcillo agradable del invierno egipcio rodeada de todos los lujos. A la vez, seducidos por el hachís y el halo exótico que rodeaba la idea del harén, Flaubert y Nerval jugaban a ser Aladín o a buscar los tesoros de Alí Baba en los callejones del viejo Cairo.

Yo, por mi parte, comienzo mi primer viernes cairota con un buen sobresalto. Abro los ojos a las siete de la mañana y tardo unos minutos en darme cuenta de que es el silencio lo que me ha despertado. Al final, recuerdo que es viernes, lanzo un grito de felicidad, doy gracias a Alá y vuelvo a dormirme.

Alá sólo nos concede un viernes cada semana y hay que aprovecharlo. Como es un bombón de los buenos, cada uno tiene su manera de saborearlo. Por ejemplo, los americanos, con su obsesión por el deporte y la salud, han organizado un grupo de ciclistas que aprovecha las calles vacías para rodar sobre el asfalto sin riesgo de sufrir atropellos.

Yo no tengo bici, así que opto por salir a descubrir cómo era El Cairo en los sesenta. Cojo el metro y consigo llegar a Jan el Jalili sin perderme. En el mercado más antiguo y más bullicioso del mundo, la actividad queda reducida a la mitad. Esto me permite pasearme, charlar en árabe-indio con los artesanos y adentrarme en los callejones menos turísticos.

Luego, me doy un festín en el café Riches, que es la viva imagen del Rick’s Café Américain de Casablanca. Nasser y los Oficiales Libres, que derrocaron al rey Faruk y convirtieron Egipto en una república, solían mantener sus reuniones clandestinas en este local.

Mitos aparte, el Riches es la combinación perfecta: sirven comida egipcia y se puede consumir alcohol. Entre la clientela hay bastantes occidentales, pero suficientes egipcios como para que uno no se sienta en Disneylandia. Además, de las paredes cuelgan postales con fotos de la ciudad en la primera mitad del siglo XX y esto contribuye a ambientar mi viaje al pasado.

De vuelta a casa, camino por las aceras y cruzo las calles sin temor a morir atropellada. De nuevo, doy gracias y coincido con los musulmanes en que Alá es grande. Tiene que serlo, porque echarle el freno a esta ciudad no debe ser fácil.

Llego destrozada, pero decidida a repetir cada viernes los paseos, las comidas en el Riches y las tardes de mercado y siesta.

Declaro oficialmente que a partir de ahora los domingos son los viernes.

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