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Ser egipcio

In Uncategorized on 19/12/2011 at 12:48 am

De nuevo los alrededores de Tahrir tienen más aspecto de campo de batalla que de calle. La calzada está cubierta de piedras y en el aire se mezclan el olor a orines y el de los distintos humos. Y ninguno es el de los coches. El humo penetrante de las tiendas calcinadas de los acampados, el humo ácido de los hornos caseros donde los vendedores ambulantes asan boniatos y el humo asfixiante del gas lacrimógeno. (Apunte: hoy este último está ausente, pero reconozco que los cascotes y los manifestantes tienen en mí un efecto proustiano y llevan a mi nariz el olor a gas de forma inmediata).

En esta ocasión el lío no está en Tahrir, sino en las calles aledañas de Qasr al Aini y Sheij Rihan. Al llegar allí, se nos acerca un ‘manifestante’ (últimamente es difícil distinguir entre activistas, curiosos y matones infiltrados) agitando la portada del periódico revolucionario Al Tahrir.

“Welcome back!”, grita al darse cuenta de que somos periodistas. A mi me entra la risa porque la escena tiene algo de ritual. Las fuerzas de seguridad atacan a los manifestantes o viceversa. Ambos se lían a pedradas durante unos días. Acuden los periodistas a meter las narices mientras voluntarios montan hospitales de campaña, se paraliza el tráfico en la zona, la Bolsa cae en picado, hay un atentado en el gasoducto del Sinaí, los palestinos aprovechan para reunirse mientras nadie mira y al final los militares aseguran que juzgarán a los culpables de las palizas a los manifestantes sin que nadie se los crea.

La diferencia es que en esta ocasión se han pasado. Lo dicen los ojos de nuestro manifestante espontáneo y los de quienes lanzan piedras sin cesar contra los hombres apostados en las azoteas de los edificios del complejo del Gabinete de Ministros.

La respuesta está en la portada de Al Tahrir. En la fotografía, que se ha publicado en numerosos medios de comunicación, agentes de la llamada Policía militar rodean a una joven a quien han tirado al suelo y han levantado el velo dejando ver sin resquicios su torso semidesnudo y su pecho, cubierto solo por un sostén azul.

En la fotografía no se ve, pero en un vídeo que ha corrido como la pólvora por las redes sociales, los agentes patean su cabeza repetidamente y uno de ellos se ensaña a golpes de bota con su pecho mientras otro se ríe.

A pesar de que la paliza que recibe la joven es brutal (aviso para los que todavía no hayáis visto el vídeo), lo que ha encendido los ánimos de los egipcios no son los golpes. Lo que les ha hecho bullir la sangre es el hecho de que la policía comandada por la Junta Militar se haya atrevido a arrancar el velo a una joven y haya expuesto su cuerpo desnudo al mundo. Este no es solo un ataque a su esternón o a su cabeza. Es una afrenta sin nombre a su dignidad, a su honor y al de su familia. La ofensa no es al sentimiento patriótico de los egipcios, ni a sus ideales políticos. Es una estocada a la identidad egipcia, a lo que significa ser un ciudadano del país del Nilo.

El efecto recuerda al que tuvo durante la Revolución del 25 de Enero el vídeo de los camiones policiales rociando con mangueras de agua a presión a un grupo de manifestantes que rezaban en el puente próximo a Tahrir en lo que se conoció como la batalla de Qasr al Nil. Ese día y contrariamente a todo lo que dicta el sentido común, más y más manifestantes se unieron a quienes rezaban mientras en casa los egipcios que todavía no habían salido a las calles se revolvían de furia y horror al ver lo mismo que han visto estos días: que el ataque del régimen (entonces de Mubarak, ahora de los militares) no es a los activistas sino a todos los egipcios.

Todo esto me recuerda siempre a mi amigo Mohamed, al que un día quiero dedicarle un post. Mohamed es un chico bastante pacífico al que le gusta la poesía y que disfruta con los versos del Corán. Durante los disturbios del pasado mes de noviembre, su hermano pequeño resultó herido cuando una bala le rozó la frente. Mohamed, que no había vuelto a Tahrir desde la caída de Mubarak en febrero, juró que volvería a la plaza a cargar contra los agresores.

He olvidado si finalmente lo hizo porque, como la mayoría de los egipcios, Mohamed trabaja catorce horas diarias sin descanso. Lo que no he olvidado son sus palabras y la determinación en su mirada mientras hablaba.

“Laura -me dijo-, me da igual por qué están ahí los activistas, casi han matado a mi hermano. Voy a coger a mis amigos y mis amigos van a coger a sus amigos y todos vamos ir a Tahrir porque están matando a los de nuestra sangre. Y lo que no entiende la Junta Militar es que si golpeas una vez a un egipcio, el egipcio te devuelve el golpe dos veces. Y no nos importa morir. Nosotros somos más y ellos caerán antes”.

Tahrir necesita ventolín

In Uncategorized on 21/11/2011 at 9:22 pm

“Guantes, mascarillas, betadine, ibuprofeno y ventolín”, enumeraba ayer a voz de grito una mujer enarbolando una hoja de papel en uno de los improvisados hospitales de campaña. Protegidos por precarias vallas metálicas de las que en los países civilizados sirven para impedir a los ciudadanos el acceso a las obras, una decena de médicos ataviados con batas blancas atendía sin descanso a los heridos.

Un par de tiendas de campaña protegían a los heridos más graves y los leves descansaban sobre mantas esparcidas por el suelo. A un lado se acumulaban las provisiones separadas en grandes bolsas blancas mientras un goteo constante de ciudadanos anónimos entregaba al hospital lo que podía: un bote de jarabe, algunas gasas, una caja de pastillas y ventolín para ayudar a respirar a quienes inhalaron demasiado gas lacrimógeno.

Es la cara amable de Tahrir. La de la solidaridad y la buena voluntad. La de los egipcios que, una vez más, hacen gala de la generosidad que les caracteriza y salen a las calles a ayudar a sus compatriotas.

La otra cara de Tahrir –y de Egipto- se encuentra a apenas un par de calles de distancia. En Mohamed Mahmud y las calles que conducen al Ministerio del Interior, una muchedumbre se enfrenta a la policía a pedradas. Reciben a cambio andanadas de gases lacrimógenos, disparos de balines de plástico y metal así como de fuego real.

Hoy, de nuevo, Belén y yo volvemos a la plaza a primera hora de la mañana. Tenemos órdenes expresas de no meternos en líos, así que evitamos el centro de la plaza y la entrada a la calle Mohamed Mahmud y vamos a por los hospitales de campaña. Nos quedamos un rato en el que está instalado dentro de la mezquita Omar Moktar. Uno de los médicos –con voz ronca y gesto cansado, como todos- nos cuenta que lleva aquí desde el viernes porqué llegó para manifestarse y terminó poniendo sus manos al servicio de los heridos que llegan sin parar desde el frente de combate.

Cuenta que ha visto heridas de todo tipo y en todas partes: en los ojos, puñaladas en el cuerpo, asfixia por los gases, quemaduras y heridas por balines. Alguien nos muestra uno de esos balines redondos de plástico de apenas medio centímetro de diámetro, pero no conseguimos ver las balas de fuego real que algunos de los activistas han fotografiado y subido a Twitter.

Hablamos también con uno de los manifestantes, Ahmed. Alguien ha hecho un puente con los cables de una farola y un grupo de hombres aprovecha el invento para cargar sus teléfonos móviles. Ahmed nos cuenta que lleva tres días en la plaza y que ha dormido tres horas. Se declara activista pero asegura que no es simpatizante de ningún partido político: “Soy simpatizante de Egipto”, asegura.

Dice que entre los manifestantes no sólo hay activistas como él, sino también ‘baltageya’ (provocadores pagados por quién sabe quién para generar el caos), islamistas y ultras de los equipos de fútbol más populares del país; el Ahly y el Zamalek.

Estos ultras forman la primera línea del frente que se ha montado en el centro de la ciudad. Su arrojo y su conocimiento de las técnicas de ataque de la Policía –aprendidas sin duda en numerosas batallas campales a la salida de los partidos- cosecha comentarios de admiración entre los activistas, que narran la batalla a ritmo de tuit.

Cuando las autoridades egipcias hacen público que ya hay 14 muertos y el ambiente comienza a cargarse en la plaza, Belén y yo iniciamos la retirada. A lo largo de la jornada siguen los enfrentamientos al mismo tiempo que la gente sigue llegando a Tahrir.

Cuando me marcho de la oficina hay novedades: varios tuits indican que alguien ha comenzado a organizar la recogida de la basura en la plaza, hay convocada para mañana a las 5 de la tarde una Marcha de Un Millón y la televisión estatal egipcia filtra que el gabinete de ministros egipcio entregó ayer su dimisión al Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas. Falta que los milicos la acepten.

Y si ayer el tema que resumía el día era una frase, hoy es un hashtag: #Tahrirneeds. El usuario anónimo @tahrirsupplies coordina la distribución de los kilos y kilos de comida, material médico y medicinas que llegan desde todos los puntos de El Cairo.

En las últimas horas, #Tahrirneeds se ha convertido en la mejor sintonía para seguir lo que ocurre en la plaza. Los usuarios piden pan, barritas de dulce, medicinas, sangre y escudos humanos. Una vez más, los egipcios, la gente normal -no los manifestantes ni los activistas, ni los ultras, ni los ‘baltageya’- hacen honor a uno de los lemas más coreados de la revolución:

ارفع راس فوق, انت مصري

(Levanta la cabeza, eres egipcio)