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Hay que volver a Tahrir

In Uncategorized on 20/11/2011 at 11:51 pm

Me saca Enrique de la cama con una llamada: hay que volver a Tahrir.  

Retrocedamos 48 horas. El pasado viernes decenas de miles de egipcios volvieron a tomar Tahrir para pedir la caída del mariscal Husein Tantaui, que encabeza el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, la junta militar que gobierna Egipto desde la caída de Mubarak. A la convocatoria inicial de los grupos de revolucionarios se le unieron enseguida los Hermanos Musulmanes y los salafistas. Faltaban diez días para las elecciones y en materia de campaña electoral, Egipto no es ninguna excepción. Los candidatos egipcios se suben al primer carro que pasa.

El resultado fue una buena muestra de lo que es Egipto tras la revolución. Los manifestantes marcharon a la sombra del gigante calcinado que albergaba la sede del PND, el partido de Mubarak. A diferencia de las de los meses posteriores a la caída del rais, la del viernes no fue una manifestación tricolor. Dominaron el verde del Partido Libertad y Justicia de los Hermanos, el azul del partido salafista Al Nur y el negro de las banderas que rezaban ‘no hay más dios que alá’ –las mismas que utiliza Al Qaeda- de los barbudos más barbudos. De vez en cuando era posible ver las pegatinas amarillas y negras de quienes piden la anulación de los juicios militares o banderas negras con el puño blanco alzado, el símbolo del movimiento de jóvenes del 6 de Abril.

Grandes escenarios dominaban la plaza y, encaramados sobre ellos, salafistas e islamistas lanzaban sus imprecaciones histéricas a una multitud de barbudos solitarios o barbudos acompañados de una mujer en niqab y sus retoños. Aquí y allá los vendedores ambulantes repartían te, refrescos, pan o bollos en un ambiente muy diferente al que habría al cabo de unas horas, cuando los jóvenes de la revolución sustituyeron a los islamistas y comenzaron los enfrentamientos con la Policía. El resto lo habréis leído en los medios.

Hoy hay que volver a Tahrir. Me encuentro con Belén y Abdu en el puente de Qasr al Nil. La entrada a la plaza está cortada y Abdu nos deja pidiéndonos que tengamos cuidado. Antes de salir del coche me guiña el ojo: “Laura, esto es igual que en enero!”.

Cuando llegamos, los ocupantes de la plaza Tahrir se encuentran en proceso de despertarse a la manera egipcia: con un café turco y un bol de ‘koshari’, el plato egipcio por excelencia hecho con macarrones, arroz, fideos, lentejas, garbanzos, cebolla picada y salsa picante.

La multitud dista mucho de ser la que protagonizó la revolución en enero. Chavalines y adolescentes de los barrios más humildes de El Cairo se han apoderado de la plaza y de la calle Mohamed Mahmud, donde están sucediendo los enfrentamientos más duros con la policía. Críos montados en motos –los mismos que suelen agarrar a las chicas por el trasero en plena calle- cruzan la multitud a todo trapo. Algunos gamberrillos se han subido a los muros que protegen la Universidad Americana de El Cairo y se pasean por allí alegremente mientras otros golpean sin cesar las barandillas metálicas de la plaza.

El ambiente es absurdo, ridículo y patético. Me da pena que nadie parezca tener otro propósito que el de hacer el gamberro.

Tras un rato en la plaza, comenzamos a identificar a algunos activistas y hablamos con ellos. Siguen pidiendo la dimisión de Tantaui, la anulación de los juicios militares a civiles y un calendario concreto que establezca una fecha para el traspaso de poder de la junta militar a los civiles y para la celebración de elecciones presidenciales.

Ya en la redacción, el volumen de trabajo nos ahoga. Gente de todo tipo comienza a desfilar hacia Tahrir. En seguida los principales activistas comienzan a retransmitir la concentración por Twitter, señal inequívoca de que aumenta el número de activistas.

Cuando la policía echa a todos los manifestantes de la plaza y estos vuelven a tomarla en apenas media hora, en la redacción todos nos miramos con preocupación. Aprovechará la junta militar para suspender las elecciones con la excusa de que la situación de seguridad es demasiado inestable como para celebrarlas?

Mientras, crecen las similitudes entre lo que estamos viendo y los días posteriores al 25 de enero:la incertidumbre sobre lo que pasará, la furia de los manifestantes contra la autoridad y la incapacidad de los que mandan para leer las señales de humo (lacrimógeno) que llegan desde la plaza.

A medida que pasan las horas empieza a quedar claro que esto no es sólo una concentración de ‘baltageya’ sino que existe un sector de la sociedad egipcia que no está contento con el Gobierno militar. Hay quienes alertan que la junta debe hacer concesiones a los manifestantes antes de que este copito se convierta en una bola de nieve imposible de parar. Otros recomiendan esperar y ver si esta protesta multitudinaria pero todavía minoritaria cala en la sociedad egipcia.

Tras un día de trabajo maratoniano donde se han formulado más preguntas de las que se han contestado, sólo queda seguir con un ojo enganchado a Twitter y Al Jazeera y otro a la cómoda mayoría absoluta sobre la que asienta ahora sus posaderas el Partido Popular.

Al final, el resumen del día queda en una de esas frases que a veces se escuchan por las redacciones por encima del barullo de la tele, del pitido de los teléfonos y del repicar de los teclados. Cuando una frase de esas se deja oír, los periodistas levantan las cejas, le dedican dos segundos a la idea, deciden que no sirve para su artículo, la olvidan y siguen con su tema. Hoy alguien dijo:

“A ver qué pasa chicos, podemos estar en el germen de algo grande”

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El día en que Egipto perdió la inocencia

In Cairotades on 04/02/2011 at 10:22 am

El día en que Egipto perdió la inocencia, la perdimos también todos los que estábamos allí.

Antes del 25 de enero, de los egipcios sabíamos que son gente deliciosamente afable que combatían el caos absoluto de su capital tomándose las cosas con calma extrema, pasando las tardes entre sorbos de te y pipadas de shisha. Nos reíamos porque proclaman a los cuatro vientos que sus niños son los más inteligentes del mundo. Ciegos a propósito ante la contaminación, el ruido, la suciedad y el desorden, insistían en que su capital es la mejor del universo. Sabíamos que detrás de este orgullo feroz estaba la amargura de un pueblo que sabe que vive en un lugar que se deteriora año a año bajo el yugo de un dictador a quien nadie osaba hacer frente.

El 25 de enero, el 26 de enero, el 27 de enero, el 28 de enero, el 29 de enero, el 30 de enero y el 31 de enero. En siete días Egipto dio un vuelco. En cada una de estas jornadas sus ciudadanos superaron todos los miedos y los complejos y se manifestaron con un furor que nos dejó a todos, sin excepción, boquiabiertos. Día a día, hora a hora, vimos como los egipcios que salían a las calles tomaban conciencia de su capacidad para trastocar un statu quo que había permanecido intacto durante treinta años. Nunca vi la amargura y la vergüenza tornarse en alegría y en orgullo en tan pocas horas.

El Cairo se trastocó por completo. Cuando a las protestas en contra de Mubarak se le unieron las preocupaciones por su integridad, la de sus casas y las de sus familias, los egipcios reaccionaron todos a una. Quiero imaginar que lo que pasó a lo largo de ésa semana despertó la incredulidad, la sorpresa y el temor en todos los que durante décadas les han tratado con la mano firme que necesita y se merece un crío díscolo.

Ellos hicieron frente a un país sin Policía en las calles, sin Internet ni teléfonos móviles, bancos cerrados, gasolina y alimentos escasos y un toque de queda que lo paraba todo a las tres de la tarde. La noche del pasado viernes, miles de presos escaparon de cárceles de todo el país y grupos de saqueadores comenzaron a hacer estragos en las principales ciudades. Aquella noche, los egipcios cogieron palos, barras de hierro, cuchillos y hasta espadas herrumbrosas y se plantaron en las esquinas dispuestos a todo para defender lo que es suyo. Nunca había visto tanta determinación en los ojos de alguien.

A la mañana siguiente, cuando terminó el toque de queda, los muecines utilizaron los altavoces de todas las mezquitas de una ciudad a la que apodan “la de los mil minaretes” y en el aire tronaron palabras de agradecimiento para quienes habían pasado la noche en vela vigilando las calles.

Pocas horas después, más grupos de hombres bajaron a las calles y comenzaron a dirigir un tráfico diez veces menos intenso de lo habitual. Hombres y mujeres se unieron para hacer algo inaudito en esta ciudad: barrer de las calles la arena del desierto y comenzar a amontonar basura.

Una vez expulsada la Policía, tentáculo de Mubarak en todas y cada una de las esquinas de la ciudad, el ambiente en la plaza de Tahrir era el de una victoria dulcísima. El Ejército era más que bienvenido y pronto comenzaron a aparecer las primeras bolsas de naranja y cartones de zumo para los soldados. A su vez, estos prestaron a los egipcios sus vehículos para retirar de Tahrir los camiones de la policía calcinados.

Mientras aumentaba la presencia de prensa internacional en la ciudad, el número de manifestantes crecía día a día y pronto comenzaron a verse, además de hombres, las primeras mujeres y niños en el campamento improvisado del principal nudo de comunicaciones de la ciudad.

Para nosotros, era inevitable terminar pasando un par o tres de horas diarias en la plaza, porque desde allí le tomábamos la temperatura a la revuelta. Hacerle una pregunta a alguien era una apuesta segura para, de inmediato, ser rodeada de una veintena de personas que trataban, todas a la vez, de contar su historia y de hacer valer sus opiniones.

Por la mañana, las familias al completo acudían a Tahrir con capazos llenos de comida, mantas por si hacía frío y pancartas recién pintadas. Por la noche se quedaban los más duros y, sí, también algunas mujeres. Mientras los barrios volvían a establecer sus controles para evitar los pillajes, los manifestantes seguían la retransmisión en directo de Al Jazeera de lo que ellos mismos estaban haciendo a través de una pantalla gigante improvisada a un lado de la plaza. A otro, jóvenes subidos a una tarima y rodeados de altavoces seguían gritando consignas en contra de Mubarak mientras otros les aclamaban desde abajo como a estrellas de rock. Del poste de uno de los únicos semáforos de la ciudad se balanceaba un muñeco ahorcado, metáfora sin matices de lo que todos allí tenían en mente. De golpe, un hombre o una mujer lanzaba un aullido contra el dictador y, secundado por los que estaban a su alrededor, montaba una manifestación espontánea que enseguida se cruzaba y se mezclaba con otra.

Ayer, centenares –o miles, yo no estuve allí- de manifestantes pro Mubarak marcharon hacia Tahrir. Si todo no hubiera acabado como acabó, alguien podría hacer un chiste sobre el hecho de que algunos fueran montados en los mismos camellos, caballos y carros que en tiempos de paz pasean a los turistas a los pies de las pirámides. La imagen del lacayo de Mubarak acudiendo a las pirámides a comprar la voluntad de un puñado de camelleros hastiados tiene su punto.

No tiene mucho sentido recordar lo que allí ocurrió porque lo seguí por televisión, igual que el resto del mundo que no estaba en Tahrir. Pudimos ver las primeras barricadas, las piedras volando, los cócteles molotov y el asalto tan folclórico –y tan triste- con camellos y caballos. Vimos también los heridos y ése hombre mostrando a las cámaras el carné de un policía. Vimos al ejército no hacer nada y vimos Twitter arder de comentarios sobre el caos, el pánico y el horror que se vivía allí abajo.

Como casi todas las noches de esa semana, nos marchamos a casa sin saber qué pasaría al día siguiente, pero con el corazón compungido, un sabor amargo en la boca y la certeza de que aquél día Egipto, su gente y su revuelta habían perdido la inocencia.

 

Actualización: Escribí lo anterior ayer desde el aeropuertor de Fiumicino, en Roma, mientras los secuaces de Mubarak se dedicaban a apalizar y apuñalar periodistas. Hoy Lucy está en Inglaterra, Chris en Chipre camino de París, Philippe en Amán y Verónica y Friedrick en Madrid. Todas las personas que conozco en El Cairo excepto los compañeros periodistas se han marchado porque algunos egipcios ya no se fían de nosotros. Ya no se fían de nadie. Nuestra casa se ha quedado vacía, el balcón se nos llenará de polvo y se nos estropeará la comida de la nevera porque nos marchamos tan rápido que no ha habido tiempo para recoger nada.

Ayer, mientras la emprendía a codazos con la marea de ‘expats‘ que hacía cola en el aeropuerto para volver a sus casas, sentía un nudo en el estómago, un humor negro en el pecho, como se diga. Pensaba en esta ciudad que te atrapa, en mis amigos y mi familia cairota, en mi casa, mi balcón, mis jazmines que están floreciendo y sueltan su perfume al atardecer. En nuestro bauab cotilla que observaba divertido nuestras idas y venidas y que estos últimos días lucía unas ojeras espectaculares y una barba de varios días porque se ha pasado las noches haciendo guardia abajo con un palo de madera entre las rodillas. En las noches en el Cairo Jazz y en el Amici’s y en todas las cosas que todavía no he podido hacer en este país mágico.

Ante la incerteza de no saber qué pasará en los próximos días ni si podré recuperar todo lo que dejo allí, lo único que me pone más triste es pensar que si yo soy barcelonesa, sólo pasé allí tres semanas escasas y estoy con este humor, ¿cómo estarán los egipcios de verdad? Estos días, estoy con ellos.