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Lecciones veraniegas (II)

In Cairotades on 25/08/2011 at 3:16 pm

La segunda parte de mis viajes veraniegos ha sido, si cabe, más aventuresca todavía. En un arranque de locura y apartando la vista de los números de la cuenta corriente, que viaje a viaje descendían sin piedad, un puñado de pirados con muchas ganas de conocer mundo decidimos marcharnos a Etiopía.

Allí pude aplicar las tres lecciones que ya había aprendido en Israel y Palestina y, además, aprendí:

  • A recibir con igual estoicismo bofetones y caricias.
  • Que nunca viviría en Adis Abeba porque, a pesar de ser más verde, más limpia y más tolerante hacia las mujeres, no tiene la fuerza salvaje de El Cairo.
  • Que, a no ser que sea para trabajar, nunca volveré a un país donde niños con el estómago hinchado alarguen la mano y te miren con ojos de pena. Porque se me parte el corazón y porque estoy convencida que la mejor forma que tengo de ayudarles es contar su historia.
  • Que la foto que nunca llegas a disparar es tanto o más importante que todas las que sí has sacado.
  • Que cuando se sienten amenazadas, las cebras se juntan entre ellas para confundir al depredador.

Etiopía ya era uno de mis países favoritos de África antes de visitarlo porque de pequeña me encantaban las historias victorianas de exploradores que iban en busca de las fuentes del Nilo (la fuente del Nilo Azul se encuentra en el lago Tana) y porque allí está ambientada una de mis Novelas (así, con mayúsculas) favoritas: Hijos del ancho mundo, de Abraham Verghese. Un gran doctor y un hombre entrañable, por cierto.

El personaje de Haile Selassie, uno de los últimos grandes emperadores de la modernidad e ídolo del movimiento rastafari, me fascinó desde que leí por primera vez sobre él en un libro de Ryszard Kapuscinski y las atrocidades que cometió el dictador comunista Mengistu Haile Mariam, a quienes los etíopes llamaban ‘el terror rojo’, me helaron la sangre.

Etiopía, ese país africano que lleva todas las leyendas entrelazadas en su nombre, nos dio una buena tunda. El país nos sumió en un estado de aturdimiento permanente consecuencia de las contínuas caricias -en forma de instantes dulcísimos- y los contundentes bofetones en forma de momentos de una crudeza extrema pero también de escenas fascinantes que hicieron tambalear nuestros cimientos de blanquitos criados en Europa.

En plena temporada de lluvias, Etiopía es verde y frondosa, su tierra es descaradamente rica y sus gentes tan amables que, a su lado, hasta los egipcios (hasta ahora en la cabeza de mi ranking de gente buena por naturaleza) parecen groseros.

Darse cuenta in situ de que en Etiopía hay cristianos desde mucho antes de que los hubiera en España. Sus curas son negros como tizones, rezan en iglesias de piedra excavada en la roca y los lamentos de los fieles, que envueltos en paños blancos parecen almitas sin brazos, rezando descalzos entre la niebla suenan tan antiguos como sobrecogedores.

Caer en cuenta que Etiopía fue durante siglos un gran imperio. Abarcaba el país actual, Somalia, Eritrea, Djibuti y el sur de Sudán. Comerciaba con oro, marfil y mirra y el poder de sus reyes –cristianos y negros- era conocido y respetado en las cortes europeas.

Mientras en Europa los nobles decidieron dejar de ducharse (total, para qué?), en Etiopía los descendientes del rey Fasiledes construyeron castillos medievales en toda regla: torreones de piedra, escaleras de caracol, salas de baile, salas del trono y unos baños termales con piscina fría, caliente, tibia y de vapor que ya le gustaría al Safir de Dokki.

Cruzar el lago Tana con una lancha motora para ver por primera vez las orejillas traviesas de una cría de hipopótamo y comer plátanos enanos de carne tan compacta que era anaranjada.

Ya en el sur, sentir repugnancia hacia el gesto automático de niños y adultos, que extienden la mano con la palma vacía hacia arriba en un gesto que explica todas las cosas que la gente de mi color de piel ha hecho mal en este país.

Contemplar el amanecer ante el parque natural de Nechisar con el lago rojo Abaya a un lado y el lago azul Chamo al otro.

Ver cómo en las tribus del sur son las mujeres quienes cargan litros y litros de agua para todo el día, quienes cocinan, cuidan de los niños, aguantan palizas y abusos y quienes andan varios kilómetros para ir al mercado a vender el grano mientras sus hombres caminan ligeros y sonrientes vestidos en flamantes taparrabos y gastan alegremente el dinero ganado por sus múltiples esposas en licor de miel.

El calor en los ojos de una niña que quiso ser nuestra amiga, nuestra guía y nuestra traductora en las cataratas del Nilo Azul. Tiene la sonrisa brillante y el gesto vivo y un sueño: pilotar aviones.

Visitar una aldea de la tribu de los mursi para descubrir que el turismo masivo y el dinero fácil ha convertido a esta tribu de nómadas en una panda de mendigos sucios y borrachos que bailan al son del tintineo de un puñado de sucios birrs.

Volver a El Cairo, entrar en casa por primera vez en veinte días, encender la luz y que haya electricidad, abrir el grifo y que salga agua, meterme en la cama y saber que no habrá pulgas, garrapatas, mosquitos, arañas ni otros bichos. Cerrar los ojos y ver tras la retina los colores intensísimos del parque del Mago y sentir como, poco a poco, Etiopía se va tiñendo de una pátina de sueño dulce.

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40 kilos

In Barcelonosi, Cairotades on 07/01/2011 at 9:36 pm

20 de maleta (grande), 12 de maleta (pequeña), 6 de mochila y 2 de portátil. Total: 40 kilos.

Dos días de hacer, deshacer y rehacer maletas dan para mucho y he llegado a una conclusión. Ni “ni-nis” ni hostias, los jóvenes de hoy en día somos buenos haciendo maletas. Tras decenas de viajes con Vueling, EasyJet o la inflexible Ryanair, hemos desarrollado la habilidad de sortear las restricciones de peso en el equipaje de las compañías aéreas para llevar en las maletas lo que nos da la gana.

No voy a negar que el estilo de mi madre y mi padre –por poner un ejemplo- es impecable: los zapatos al fondo, las camisetas bien dobladas y la ropa interior separada del resto. Pero lo siento, las nuevas técnicas pasan por arrebujar la ropa en bolitas del tamaño de una pelota de tenis y por meter los cables en los calcetines para que no abulten.

Cuando el exceso de peso es irremediable, unas capas de ropa de más suelen ser la mejor solución. Aunque claro, para las chicas con un poco de morro, siempre existe la posibilidad de ligarse a un chico en la cola de facturación y enchufarle un par de kilillos en su maleta. Os parecerá inverosímil, pero sé de quien lo ha hecho.

Y a pesar de nuestra habilidad de embuchar cosas en maletas, siempre hay algo que se queda en tierra. En mi caso: mi cometa, un libro gordísimo de Onetti y unas sandalias muy cómodas, pero que huelen fatal. Por razones culturales y de temperatura, también he abandonado los vestidos cortos, los shorts, los pantalones gruesos y las bufandas.

A cambio, se vienen conmigo: dos cámaras digitales, las fotos que mis amigos y mi familia me han regalado, más cien extra que revelé yo, mis libros imprescindibles –“Capitán Blood”, “El petit príncep” y los “Cien poemas de amor”- y un par o tres de pañuelos para llevar sobre las camisetas de tirantes en los días más calurosos -no para taparme el pelo, ¡eso sólo lo hacen algunas mujeres musulmanas!

Así equipada, yo y mis 40 kilos nos subimos al avión de Egyptair que debería dejarnos en tierras egipcias sobre las 19:30, hora local. Inshallah, porque allí donde voy, todo puede pasar y nunca nada es cien por cien seguro.