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Periodismo de jeroglíficos

In Cairotades on 26/06/2011 at 12:58 pm

Me levanto pronto y me armo con el kit del periodista en Egipto: cámara, trípode, boli, libreta, grabadora, gafas, un puñado de galletas de chocolate y el Dictionary of Ancient Egypt, que funciona mejor que la Wikipedia para aclarar dudas sobre faraones y pirámides. Con toda la alegría, me olvido el agua. Empezamos bien.

Abdu me recoge en su coche milenario que todavía luce en la chapa las señales de cuando fue arrollado por un borrico. Hoy tenemos rueda de prensa del ministro de Estado para las Antigüedades, Zahi Hawas, y esto es sinónimo de circo mediático.

Zahi, sin su sombrero

Tocado con su eterno sombrero de alas anchas a lo Indiana Jones, el “doctor Zahi”, como le llaman aquí, eclipsa todo lo demás con su presencia. Los periodistas le odian, le temen y le adoran al mismo tiempo. Hawas es borde y prepotente, pero es un genio del marketing y vende Egipto como nadie. Quizás por eso es la única figura del antiguo régimen –fue ministro con Mubarak y lleva años al frente del Consejo Supremo de Antigüedades- que nadie cuestiona.

Con habilidad sibilina, Hawas se las ha arreglado para hacerse intocable en el nuevo Egipto. Si antes era buen amigo de la esposa del rais, Suzanne Mubarak, ahora aprovecha cada rueda de prensa para alabar la labor de los jóvenes de la revolución porque organizaron escudos humanos entorno al Museo Egipcio para evitar el pillaje.

Hawas nos ha convocado a todos junto a la pirámide de Keops, donde está enterrada una de las dos barcas solares del faraón. Tras 50 años de estudiarla con sondas y ondas electromagnéticas, hoy se extraerá la primera piedra y los ojos humanos podrán contemplar por primera vez en 4.550 años la madera de la nave.

Todo esto que suena tan bonito se traduce en una enorme carpa de plástico que, a pleno sol, se convierte en una sauna digna de las de Finlandia. Un centenar de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión de todas las nacionalidades deambula por el recinto. Nadie parece encargado de atender a la prensa pero todos acabamos enterándonos de que lo interesante –el sitio donde se sacará la primera piedra- está dentro de una cámara climatizada a la que sólo accederán las autoridades. Los periodistas tendremos que verlo por una pantalla. Dejo de lado todo mi respeto hacia los objetos de más de 4.000 años de antigüedad y, junto con el resto, me pongo a maldecir al idiota al que se le ocurrió convocar a toda la prensa internacional para ver el tinglado por la tele.

El tinglado por la tele

En estas estamos cuando llega Zahi, que entra a empujones en la cámara climatizada para presenciar el levantamiento de la piedra. Con el faraón dentro, los reporteros se aglomeran entorno a la rendija de varios centímetros que sirve de entrada al pequeño recinto donde está sucediendo todo.

Los que están en primera línea utilizan codos, piernas y cámaras para neutralizar al tío de seguridad apostado ante la entrada así como al resto de periodistas que lucha por meter su objetivo en la rendija. Al cabo de unos minutos de dura contienda, el de seguridad capta que somos una tribu de salvajes, renuncia a hacer su trabajo y decide organizar turnos: cada cinco minutos empuja a los cuatro o cinco periodistas de la primera fila, éstos dan un traspié y caen de espaldas sobre el resto, que aprovecha para avanzar posiciones.

Armada con la pequeña camarita de Efe –la misma que utiliza mi abuela para grabar los cumpleaños de los nietos- mis posibilidades de victoria son casi nulas. Aún así, consigo un par de planos decentes a costa de media uña del dedo gordo del pie izquierdo, varios codazos en las costillas y un par o tres de litros de sudor. Constato que la nuestra puntúa alto en el ránking de profesiones menos sexys del mundo.

La piedra

Al cabo de un rato Hawas sale del chiringuito y se pone a hablarnos del descubrimiento. Mientras charla, el suelo de la estructura metálica desde donde los fotógrafos trabajan cede y un pobre fotógrafo cae al suelo desde una altura de un par de metros. Todo el mundo alucina y los cámaras dudan entre ayudar al pobre chaval o seguir con Zahi. El ministro resuelve la situación con elegancia y sigue como si nada hubiera pasado pero con la mirada fija en el enorme boquete que ha dejado el chico.

A las doce del mediodía iniciamos la retirada. El coche de Abdu -sin aire acondicionado y aparcado durante más de dos horas bajo un sol de justicia- arde que da gusto y me dedico a aplicar la estrategia de las lagartijas contra el calor: no respirar y moverme lo mínimo.

Con las pocas neuronas que todavía no se han derretido pienso en aquello que nos decían nuestros profesores: en periodismo, lo último y lo menos importante es ponerte a escribir. Lo que cuenta es todo lo que haces antes. Pues sí.