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Breathing In – Breathing Out

In Cairotades on 10/01/2011 at 10:07 pm

Tras 24 horas en El Cairo, ocho de ellas pateando calles, me duelen los pulmones y me duele respirar. Cada vez que veo el humo negro, muy negro, salir de los tubos de escape, el pecho se me encoge un poquito más.

Hoy he visto seis pisos en siete horas y creedme, es un record. En el primero, un chico americano muy simpático me ha avisado de que esta ciudad me volverá dura –“you’ll get tough”- y ha añadido que unos meses aquí equivalen a un military training en toda regla. Allá vamos.

He optado por los taxis blancos, los que llevan taxímetro. Sé que los negros son más auténticos, pero regatear no entraba en mis planes, aunque los egipcios se las saben todas y huelen al novato a la legua. Todos se las han ingeniado para sacarme unas libras de más, pero el último taxista era tan simpático que no me ha importado que me paseara alegremente por todo Zamalek alegando que no conocía bien el barrio, uno de los más bien señalizados de la ciudad. Aunque todo puede ser.

Khaled Al Khamissi sostiene en su libro, Taxi, que aprovecho para recomendar, que un gran número de taxistas cairotas no conoce ni siquiera las calles principales y esto, unido a que los árabes prefieren recurrir a la invención antes que reconocer que no saben dónde está algo, hace que a menudo el pasajero tenga que indicar el recorrido paso a paso.

Y en mi primer día, no estoy en condiciones de indicar nada. De hecho, hoy me he perdido todas las veces que he salido. No consigo entender en qué dirección tengo que coger las calles. Cuando creo que ando por la calle Muhammad Mazhar, resulta que estoy en Muhammad Maraashi o Muhammad Anis. Que la mayoría de calles se llamen “Muhammad algo” no ayuda. Que el mapa que me compré no se corresponda con la realidad, tampoco.

Así que he decidido dejarme llevar. Sobre las 5 de la tarde he renunciado a entender cómo funciona el callejero de esta ciudad y me he echado a andar hasta que he aparecido milagrosamente ante el piso de Fran.

Nota al lector masoquista que ha conseguido llegar hasta el final: soy consciente de que la euforia de los primeros días me está llevando peligrosamente a convertir este blog en una vomitona diaria. Prometo moderar mi incontinencia verbal en cuanto se me pase esto y limitar los post a uno o dos semanales, máximo.

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أهلا وسهلا – Bienvenida en 5 minutos

In Cairotades on 08/01/2011 at 11:28 pm

Minuto 1: El regateo

Bajo del avión tan nerviosa que ni siquiera alcanzo a ver las palmeras que salpican la pista aérea y que tanto me llamaron la atención en verano. Ya fuera y con las maletas, no consigo encontrar un taxi convencional, así que me tomo el lujo de coger uno de una compañía privada que me cuesta una pequeña fortuna (80 libras o 11 euros), aunque menos de las 120 que me pedían al principio. El regateo, primera victoria.

Minuto 2: El taxi

El taxi es moderno para lo que es habitual aquí –alcanza los 100 kilómetros por hora-, pero el taxista conduce como todos los demás. Esto es: una mano sobre el claxon, la otra sobre la palanca de las luces largas, el acelerador a fondo y los ojos viajando intermitentes de la luna delantera al retrovisor y vuelta a empezar.

Minuto 3: Por la ventanilla

Por si queda alguien que todavía no lo ha oído, el tráfico es caótico. No es raro ver coches sin matrícula hechos con pedazos de otros vehículos. Algunos autobuses urbanos llevan grabadas las letras “Nasser Cars”, y por su aspecto, podrían ser realmente de la época de Nasser. Burros, camiones cargados de fruta, motos con tres o más tripulantes y toda clase de vehículos averiados en los “arcenes” son el paisaje habitual de las calles cairotas.

Los carriles no existen, los semáforos tampoco y la única ley que vale es la del más lanzado. A base de golpes de bocina y destellos de largas, los vehículos se adelantan, dan frenazos y pasan entre otros coches con una precisión que deja a los motoristas barceloneses -que se las dan de audaces- en el parvulario.

Minuto 4: La 26 de julio

Atisbo las primeras imágenes de El Cairo por entre las vallas a ambos lados de la “calle” 26 de Julio. Deberían llamarla autopista. Con más carriles que la AP-7, la 26 de Julio es una enorme arteria que transcurre literalmente sobre la ciudad. Mirando abajo, el pasajero curioso consigue entrever una madeja de calles iluminadas por los escaparates de las tiendas, edificios de oficinas desvencijados y algún que otro callejón oscuro.

Minuto 5: Planta dieciséis

Ya en casa de Fran, alucino con las vistas de la habitación que me ha dejado. Desde la decimosexta planta, el Nilo, el tráfico y la Corniche cortan la respiración. No tengo vértigo, pero abro la ventana y doy un respingo. Golpean como un bofetón el ruido ensordecedor de cláxones y la voz de los muecines, que llaman a la última plegaria del día. El Cairo, ahí abajo, es un monstruo, y su rugido se cuela por todas las rendijas recordando al recién llegado que el silencio es un lujo europeo y el ruido, una seña de identidad.


Y al que le moleste, que traiga tapones.